ACTO CENTRAL POR EL 35 ANIVERSARIO DE LA ANAP Y EL 37 DE LA PROMULGACION DE LA LEY DE REFORMA AGRARIA, EFECTUADO EN LA PLAZA “CAMILO CIENFUEGOS”, DE CIEGO DE AVILA, EL 17 DE MAYO DE 1996, “AÑO DEL CENTENARIO DE LA CAIDA EN COMBATE DE ANTONIO MACEO”

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL COMANDANTE EN JEFE FIDEL CASTRO RUZ, PRIMER SECRETARIO DEL COMITE CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA Y PRESIDENTE DE LOS CONSEJOS DE ESTADO Y DE MINISTROS, EN EL ACTO CENTRAL POR EL 35 ANIVERSARIO DE LA ANAP Y EL 37 DE LA PROMULGACION DE LA LEY DE REFORMA AGRARIA, EFECTUADO EN LA PLAZA “CAMILO CIENFUEGOS”, DE CIEGO DE AVILA, EL 17 DE MAYO DE 1996, “AÑO DEL CENTENARIO DE LA CAIDA EN COMBATE DE ANTONIO MACEO”.

(VERSIONES TAQUIGRAFICAS – CONSEJO DE ESTADO)

Campesinas y campesinos;

Avileños, y decir avileños es decir campesinos, porque esto no existía por aquí mucho:

Ciego de Avila —y espero que no se nos ponga bravo nadie— era una pequeña aldea (RISAS), que después de la división político-administrativa, y ya desde antes, empezó a crecer, y dispone hoy de instituciones comparables solo con las de la propia capital de la república (Del público le dicen que no se oye).

Decía que hoy disponemos de instituciones comparables a las de la capital por todo lo que surgió y estaba surgiendo antes del período especial. Ahora mismo pasamos cerca de aquí por algunas instalaciones, la polivalente en construcción y otras más; quedaron muchas edificaciones sin terminar, y con un gran esfuerzo las están terminando poco a poco.

Recuerdo que hace unos días un visitante de una delegación latinoamericana que estuvo en una de las provincias —creo que fue en Cienfuegos—, al ver el hospital de Cienfuegos dijo: “Ya quisiéramos nosotros tener en la capital del país un hospital como este.”

El hospital de aquí sé que lo están ampliando y no han perdido la esperanza de ampliarlo; pero es que aquí, como ustedes tienen también otra ciudad histórica, relativamente grande, que es la de Morón, tenían que compartir determinadas cosas. Así ocurría con algunas facultades universitarias, decíamos: ¿Dónde las ponemos, en Ciego o en Morón?, nos pasaba igual que en Granma, Manzanillo o Bayamo. Hubo que repartir, pero no debemos preocuparnos por eso, de todas formas la capital de la provincia creció y sigue creciendo; a la vez que aquella zona norte, igual que el resto de la provincia, igual que ustedes, se beneficiarán extraordinariamente con el grandioso polo turístico que se está desarrollando en las cayerías del norte de Ciego de Avila.

Muchos campesinos vinieron para la ciudad. Si pensamos en la provincia de La Habana, y no solo en la provincia, en la Ciudad de La Habana, en parte podemos llamarla también campesina, porque muchos fueron a parar a la capital. Lo sabemos, yo no vine a hacerles críticas a ustedes ni mucho menos; sí le podemos hacer críticas a la vida, sobre todo, a la vida pasada, injusta, durísima que vivieron nuestros campesinos.

De las montañas, especialmente de las montañas orientales, ¿cuántos campesinos marcharon hacia occidente con el Ejército Rebelde? ¿Cuántos se fueron detrás de los parientes? No había caminos, no había escuelas, no había hospitales, nada. Eso no se podía resolver en un día, por lo menos lo de los caminos no se podía resolver en un día; pero casi en un día se resolvieron las escuelas, aunque no las edificaciones, sino las instituciones con sus maestros y sus libros.

Era tal la pobreza que había en el resto del país, la falta de condiciones elementales de vida en todos los sentidos, que mucha gente, naturalmente, buscaba la esperanza en la ciudad.

Pero en nuestro caso influye, de modo especial, el hecho de que una gran parte de nuestro ejército era campesino y la hostilidad de nuestro poderoso vecino nos obligó a desarrollar gigantescas fuerzas armadas, donde fueron a prestar sus servicios quién sabe cuántas decenas de miles, y aun cientos de miles, a lo largo de los años, de jóvenes campesinos. Por eso algunas áreas sufrieron: las del café, en las montañas; las del tabaco en algunas regiones, y algunos otros cultivos de ese tipo.

Fue un movimiento a la inversa del que existía en un país, donde las condiciones de vida eran tan duras y donde los campesinos, desempleados en sus propios campos, tenían que ir a las montañas, sin ayuda de nadie, sin un solo centavo, para encontrar un poco de tierra; y esto hacían los más decididos, los más audaces, que se fueron a buscar cómo sobrevivir en las montañas.

Claro, en las montañas sufrieron, indiscutiblemente, porque decenas de miles, cientos de miles de hectáreas fueron taladas; las maderas no había cómo utilizarlas, se quemaban, y allí venía la siembra de algunas viandas junto al café para que, al cabo de tres o cuatro años, un reclamante de tierras obtuviera el título de propiedad y el campesino tuviera que emigrar de nuevo a crear otra plantación cafetalera.

Cuando surge nuestra última guerra de liberación, ya eso había pasado en una buena parte de la Sierra Maestra y ya iban quedando cada vez menos lugares vírgenes donde talar los montes. Ustedes saben que donde se tala el monte y se quema, crece después una manigua que la llamaban en la guerra una “pelúa”, eran unos lugares infernales por donde no se podía ni caminar, y después puede tardar cientos de años en reconstruirse el bosque; de modo que aquella situación social no solo era criminal con el hombre, era criminal con la naturaleza.

Puede decirse, asegurarse, de manera total, que la Revolución se ocupó de las montañas; uno de los primeros planes de caminos y carreteras fue en la montaña, la Sierra Maestra se llenó de carreteras; el Escambray se llenó de carreteras, y así también Pinar del Río.

Claro, ustedes saben cómo son las cosas en las montañas: un firme y un río, el próximo río puede estar a cuatro o cinco kilómetros en línea recta, pero hay que subir 1 000 metros para llegar allí; en la montaña usted se cansa de hacer carreteras y siempre se encuentra con un relativo aislamiento.

Durante más de 35 años la Revolución dio prioridad a las montañas y hasta en época de período especial realiza grandes esfuerzos, allí y en el campo, sin embargo, la situación no era igual; ahora sigue haciendo un esfuerzo en lo que pudiéramos llamar repoblación de las montañas, pero en qué distintas condiciones.

Lo primero que se hizo fue la alfabetización; pero antes que la alfabetización lo primero que se hizo fue crear 10 000 aulas, porque había 10 000 maestros sin empleo y se creó de una vez un plan de 10 000 aulas. Después, como no alcanzaban, se contrataron como maestros a estudiantes de bachillerato para que fueran a dar clases a los campos, porque el mismo problema de la montaña, aunque en menor escala, ocurría en los llanos: no había caminos, no había servicios médicos.

¿Quién conoció aquí un hospital en el campo, quién de los mayores? No me refiero a los muchos jóvenes que con satisfacción vemos aquí, sino a los padres de ustedes, a los abuelos de ustedes. ¿Quién de ellos conoció un hospital en el campo? ¿Quién de ellos conoció un médico, aunque fuese ambulante, o un estomatólogo, que había algunos por ahí con esos equipitos parecidos a los que se usaban para afilar tijeras, tratando de resolver el problema estomatológico en el campo? Había algunas escuelitas rurales —ya hablo no de las montañas, sino del llano—con un maestro, si iba el maestro, si había sueldo para el maestro.

La Revolución, aunque todo el país tenía problemas, fue hacia el campo, donde estaban campesinos y trabajadores —no solo campesinos, sino campesinos y obreros agrícolas, obreros y trabajadores de los latifundios—, a llevarles allí esas cosas elementales para preservar la vida de las personas.

¡Cuántos niños no morían todos los años, cada vez que venía una epidemia de gastroenteritis, de lo que fuera!, porque venían epidemias de todo tipo, y existían muchas enfermedades que hoy no existen en los campos. Hay que ver que la Revolución barrió con las enfermedades a tales niveles, que cuando hoy se dice que las muertes infantiles están por debajo de 10 por cada 1 000 nacidos vivos, eso no es solo en las ciudades, sino en los campos, y principalmente en los campos, porque se vive allí una vida al aire libre, puede decirse que más saludable; pero hacía falta aquel complemento. Y, claro, la salud no llegó solo con los médicos, o con los hospitales, o con los caminos, llegó también con las mejores condiciones de vida y de alimentación que pudo recibir un campesino que antes tenía que guardar el lechoncito y los alimentos para venderlos a cualquier precio en el momento en que se enfermara un familiar u ocurriera una novedad en la familia.

Hablamos hoy del 37 aniversario de la firma de la Reforma Agraria, del 35 aniversario de la fundación de la ANAP y del 50 aniversario del cruel asesinato de Niceto Pérez; pero hablamos casi con el mismo lenguaje al mismo público de aquella época, tan habituados estamos a aquellos años, a aquellos hechos, que no nos damos cuenta de que este mundo nuestro en los campos ha cambiado.

Cambio es lo que puede decirse, cambio es lo que significan las brillantes palabras del Indio Naborí, siempre afectuoso, siempre apasionado de la causa campesina, o las palabras de la compañera que habló aquí en nombre de los delegados visitantes, o de las excelentes palabras de Lugo. Ellos enumeraban cosas, mientras yo pensaba: “No me queda nada por decir en este acto”, aunque siempre hay algunas cosas que se pueden decir.

Cuando ellos señalaban la obra de la Revolución, empezaron detallando cómo se vivía, qué fue la reforma agraria, a cuántos benefició, cuántos recibieron la tierra. Lugo recordaba las granjas del pueblo, que aseguraron el empleo a los cientos de miles de hombres que vivían en el campo, sin tierra, percibiendo jornales miserables los días del año que trabajaban; aquellos hombres que esperaban la zafra para hacer colas en los cañaverales, y a lugares tan deshabitados como Camagüey o algunas zonas de Camagüey y de Ciego de Avila, venían hasta de La Habana a cortar caña, compraban un pasaje, se albergaban en cualquier cobertizo y les daban una cuota de caña a cortar.

Aquí hoy se le pide una meta elevada, y mientras más corta, más le pagan y más lo aplauden; entonces le decían: “No corte más de 200 arrobas, o más de 150″, porque en aquella situación no había ni caña suficiente para el número de brazos sin empleo. Y aquellas zafras duraban dos meses y medio o tres, a veces un poco más y a veces un poco menos, y después, los ajustes en los campos para limpiarlos.

No, no había un albergue, ¿alguno de ustedes oyó hablar en alguna ocasión de un albergue en un cañaveral, de un comedor obrero en un cañaveral, de un transporte en un cañaveral, o de alguna cama con una colchoneta en un cañaveral? ¿Alguien oyó hablar de agua fría en un cañaveral? En aquellas condiciones trabajaban nuestros obreros en las zafras.

Pero cosa curiosa, decía que en el llano pasó algo parecido a lo de las montañas, surgen montones de empleos, de todos tipos, por todas partes, y aunque las condiciones de vida en el llano, por duras que fuesen, no se podían equiparar con las de las montañas, en distancia y en todo eso, se habla con alguna frecuencia de los cementerios que están a lo largo de la Sierra Maestra, en la orilla de las costas, eran los que llevaban a sus familiares, muchas veces a sus hijos enfermos, esperando a que pasara una goleta para llevarlos al médico, y allí han quedado montones de cruces. Cuando se hable de capitalismo, hay que decir: capitalismo es eso, no automóviles flamantes que tanto utilizan países industrializados que saquearon al mundo y construyeron su desarrollo a costa de la pobreza de los demás pueblos. Cuando se piensa en el capitalismo hay tantas cosas que ver; pero, entre otras cosas, una lección son esos pequeños cementerios diseminados por los que tuvieron esperanzas de salvar a alguien que tal vez estaría aquí entre nosotros y hace muchos años, decenas de años que murió.

Hizo muchas cosas la Revolución, pero principalmente dignificó al hombre. ¿Qué era un campesino? ¿Qué era un trabajador del campo, además de un explotado? Era un paria, un olvidado, un hombre o una mujer que muchas veces no sabía ni firmar y tenía que emplear la huella digital —creo que la Revolución dejó las huellas digitales para el carné de identidad o alguna de esas cosas—; que iba a votar, las huellas; que tenía que firmar un papel y allí tenían que buscarle una almohadilla de tinta para las huellas. Era aquel hombre menospreciado por una clase rica y explotadora, explotado y menospreciado por un gobierno proimperialista que había entregado hasta el último centímetro cuadrado de la bandera de este país, que tantas glorias alcanzó y que tanta sangre había costado a nuestro pueblo.

Aquel hombre era visto como la última carta de la baraja —como se dice—, maltratado a más no poder; podía considerar un honor que lo saludaran los terratenientes o los latifundistas, que no le diera un planazo un guardia rural, que no viniera un aspirante a propietario de sus tierras, que compraba cuando quería al precio que quería. Ese era el real mercado que había aquí, cuando las cosas sobraban porque la gente, los trabajadores, las familias no tenían dinero con qué comprarlas.

A ese hombre menospreciado en aquella sociedad, lo primero, lo mejor y lo más grande que hizo la Revolución fue dignificarlo, no tenía que ser rico ni millonario; pero adquirió los privilegios que tenían los hijos de los ricos y de los millonarios, porque la Revolución envió —cuando digo la Revolución digo el pueblo, porque la Revolución no es más que el pueblo en el poder— más de 100 000 alfabetizadores y creó decenas de miles de escuelas para que les enseñaran a leer y a escribir, y llegar al sexto grado y al noveno grado y al doce grado. Creó cientos de miles de becas donde fueron, en primer lugar, los hijos de los hombres y mujeres del campo, de las montañas y de los llanos, campesinos y obreros.

Solamente en las casas de los grandes ricos de la capital se llegaron a albergar —sin que nadie botara a uno solo de sus dueños, porque cogieron su caminito para Miami creyendo que eso era cosa de pocos días— y allá fueron a parar 100 000 hijas de familias del campo, de jóvenes de las montañas, para aprender algo, no solo alfabetización, a coserse la ropa. ¡Ni se sabe las decenas de miles de máquinas de coser que se repartieron por este país! Me imagino que la mayor parte de las mujeres campesinas son capaces de hacerse un traje tan elegante que puede competir en las exposiciones de modas de esas que aparecen de vez en cuando.

Pero aprendió todo el mundo algo, todo lo que podía hacerse se hizo, se creó otro hombre y otra mujer; y después aquellos niños que entraban a aquellas escuelas, que muchas veces eran de guano o eran debajo de una mata, estudiaron y fueron médicos, o fueron ingenieros, o fueron abogados, o fueron economistas, o fueron estomatólogos, o fueron maestros y profesores, u obreros calificados; o fueron oficiales en nuestras gloriosas Fuerzas Armadas Revolucionarias, o en nuestro Ministerio del Interior, o fueron al Estado a prestar un servicio u otro, porque ya entonces los cargos no se repartían a cambio de cédulas electorales, ni votos, ni papeles, ni cosas de esas como se hacía antes.

Muchas veces se llevaban a gente calificada para otra cosa, maestros que necesitábamos en las escuelas, para una administración.

Se convirtieron nuestros trabajadores y nuestros campesinos, de la ciudad y del campo, en administradores. Al principio, un central de estos, nacionalizados, tenía que administrarlo un compañero con 10 ó 12 grados, porque no había administradores.

¿Dónde estaban los administradores? ¿Dónde aprendieron? Allí con los burgueses y los terratenientes, muchos con ellos se fueron, y se convirtió el pueblo en administrador; y el pueblo, claro, no tenía mucha experiencia administrativa y se cometían muchos errores de todo tipo en todas partes.

De repente el pueblo se vio rico, dueño de todo lo que había: tierras, fábricas, instituciones de todo tipo, porque aquí se dijo que esas escuelas y esos hospitales jamás se privatizarían.

Surgieron otras muchas instituciones en todos los sentidos: surgieron escuelas de arte en todo el país, instructores de arte; surgieron deportistas, instructores de deportes, de modo que hoy nuestro país, en este país donde estamos ahora —que yo digo que no era el país aquel que recordamos—, tiene el más alto número de maestros per cápita en el mundo —en el mundo, no digo en una parte del mundo—, tiene el mayor número de médicos per cápita en el mundo, tiene el mayor número de instructores deportivos del mundo, un elevadísimo número de científicos —no tengo datos para hacer una comparación ahora— y alcanzó lugares cimeros en muchas cosas.

A este país que se le bloquea, ¿y por qué se le bloquea?, el país con más bajo índice de mortalidad infantil entre todos los países del Tercer Mundo y más bajo que el de muchos países industrializados; a este país donde se erradicó el crimen, el abuso, el desalojo y todas aquellas arbitrariedades, las enfermedades, la ignorancia, ¿a este hay que bloquearlo, aplastarlo? Aplastarlo como a una chinche, porque no es el país donde se cometían aquellos crímenes y aquellas injusticias. Y ahora, nuevas leyes contra el país para aplastarlo.

Por eso, al hablar de la reforma agraria, hay un punto que resulta imprescindible mencionar: el hecho de que vivíamos en un país que no era nuestro país, que era de otros, de unos pocos miles de terratenientes y casatenientes, de un grupo numeroso de compañías extranjeras, principalmente norteamericanas. ¿De quiénes eran todas esas tierras? ¿Quiénes eran los dueños de las tierras de la mayoría de los lugares donde ustedes trabajan? Porque había, desde luego, algunos campesinos pequeños que habían logrado la propiedad de la tierra, no tenían asegurado créditos, o mercados, o precios; podían tener aseguradas muchas injusticias, pero, por lo menos, tenían el título de la tierra. Pero, ¿de quiénes eran esas inmensidades, esos campos enormes que hoy vemos sembrados de caña, o de cítricos, o de arroz, que son del pueblo? Eran de otros, no del país.

La reforma agraria recupera todo eso para el pueblo, y, claro, aquello no lo podían perdonar ni los terratenientes, ni las empresas extranjeras que se habían apoderado de nuestras tierras, y ese mismo día que se aprobó la ley agraria, empezaron a preparar la invasión de Girón y el bloqueo económico.

El bloqueo fue el precio que tuvimos que pagar, la hostilidad y la decisión de destruir la Revolución, porque una revolución que empezaba por hacer aquel tipo de reforma agraria, tenía que ser destruida en el concepto del imperialismo.

Había unas empresas aquí que tenían 10 000 caballerías, había empresas que tenían hasta 21 centrales en conjunto, con la tierra y los alrededores. Había algunos consorcios de Estados Unidos —consorcios que eran propietarios de numerosas empresas—, que sumaban más de un millón de hectáreas de tierra, ¡más de un millón de hectáreas de tierra! Así que nuestro país no era nuestro país.

El 17 de mayo de 1959 fue no solo el día de un gran acontecimiento, una gran revolución en la agricultura, fue el día de la independencia del país; el día en que empezamos a ser independientes (APLAUSOS).

Después esos campos se transformaron. Se han mencionado más de una vez los caminos y las carreteras, las presas y los canales que se han hecho, porque la Revolución llenó al país de presas, y de no ser por el período especial, que nos limita las posibilidades de combustible, ¡cuánto podíamos estar produciendo ahora con toda el agua que hemos almacenado en las presas!

Habíamos construido ya una fábrica de máquinas de riego Fregat, de esas que riegan hasta 70 y 80 hectáreas, que estaba proyectada para producir hasta 1 500 anuales. En pleno proceso de rectificación, iba a crecer el regadío a un ritmo de más de 100 000 hectáreas por año. Unas posibilidades colosales.

Sabemos el golpe que significó tener que parar los planes que estábamos haciendo del sistema ingeniero en el arroz, el drenaje parcelario en la caña, todas esas cosas que ahora poco a poco empezamos de nuevo a levantar, en medio de un bloqueo más riguroso que nunca.

Se construyeron casas en cantidades enormes. Es verdad que es muy difícil hoy encontrar un bohío con piso de tierra, por ahí el Partido y el gobierno en las provincias los busca para ver cómo les pone fin, si quedan algunos, y nuevas ideas surgen: viviendas decentes, decorosas, de bajo costo o de bajo consumo, y una serie de actividades de ese tipo que nos permiten, aún en período especial, hablar ya de decenas de miles de viviendas cada año en los campos.

Ha hecho muchas cosas la Revolución —he hablado, principalmente, de las que más se asocian con el campo— y ha hecho cosas nuevas en pleno período especial, cuando escasea el combustible y volvimos a utilizar el buey, ese buey que habíamos olvidado en demasía, porque antes todo era a base de buey: la tracción, todo el trabajo, el transporte de la caña y de los productos en carretas. No se renuncia al empleo imprescindible de las máquinas, pero el buey no se puede olvidar por la calidad de su trabajo aun después del período especial.

La Revolución humanizó el trabajo, creó las combinadas de caña; se acabaron hasta los cortadores, solo quedan aquellos que van voluntariamente a cortar en esos lugares donde no pueden cortar las combinadas.

Ahora la Revolución ha hecho más cosas en estas condiciones —sería muy largo de explicar, pero no quiero ser demasiado extenso—; pero, en realidad, se vio la conveniencia de establecer una asociación más directa entre el obrero agrícola y la producción agrícola, y así surgieron las unidades básicas de producción cooperativa, que son, a todos los efectos prácticos, muy similares a las cooperativas de producción agropecuaria.

Las cooperativas de producción agropecuaria se habían creado unos cuantos años antes —creo que fue en 1976 que empezaron a crearse—, tal vez debieron impulsarse antes. Observamos, fuimos poco a poco, y las cooperativas de producción agropecuaria realmente, como regla, constituyeron un éxito. Después de atravesar una experiencia, como es lógico; después de someterse errores, como es lógico, las cooperativas de producción agropecuaria le enseñaron mucho a la Revolución a ahorrar personal, a ahorrar recursos, a trabajar con eficiencia, a trabajar con productividad.

Recuerdo lo que aquí se dijo hoy de que se había llegado a producir en Ciego de Avila el peso a un costo de 52 centavos. Eso es excelente y podemos, con métodos similares, obtener grandes resultados en las UBPC, con las cuales el Estado puso a disposición de los campesinos millones de hectáreas de tierra y los responsabilizó con la producción, salvando el principio de la producción en gran escala; porque ustedes saben que una combinada —y menos esta que estamos modernizando o diseñando más moderna— no puede trabajar en pedacitos aislados de tierra para cosechar la caña, o no puede trabajar la combinada de arroz en minifundios arroceros. No habría brazos para cortar el arroz a mano. Las combinadas tienen una productividad de más de 1 000 quintales en un día.

Todas esas experiencias las hemos ido asimilando y las tuvimos muy en cuenta cuando se crearon las UBPC; pero hubo un principio que se les prometió a los campesinos de que jamás habría colectivización forzosa.

Vean la experiencia de Cuba tan diferente a la de otros muchos países. Se respetó como cosa sagrada la voluntad de los campesinos y su derecho a producir como productores independientes o como cooperativistas. Eso es muy importante; es que no puede olvidarse, en un día como hoy, qué fue en eso nuestra Ley de Reforma Agraria.

Vean ahora qué riqueza de experiencia: campesinos independientes, cooperativas de producción agropecuaria, unidades básicas de producción cooperativa, unidades administradas y explotadas por el Ejército Juvenil del Trabajo que están realizando un excelente esfuerzo, determinadas unidades que por sus características y circunstancias convienen que permanezcan como propiedades de producción estatal, pero añadiéndoles nuevos conceptos, nuevas ideas, que parten de las experiencias de las CPA y de las UBPC, de modo que ahora tenemos cinco formas y funcionan.

Hemos hecho, incluso, otras cosas: hay cultivos que indiscutiblemente tienen un carácter artesanal, familiar, como el cultivo del café en las montañas, de donde se había ido —como dije— una parte de la gente y expliqué las razones, y allí hemos estado dando en usufructo gratuito tierra a gente del campo, e incluso de la ciudad, porque algunos han sentido nostalgia por el campo y han vuelto.

Se han dado todas las facilidades y se han creado lotes para la producción de café, para el autoconsumo en las áreas de café; en las áreas de tabaco también se han hecho numerosas entregas de tierra para la producción del tabaco, y eso está marchando bien. Así que estamos asimilando muchas experiencias, a partir de los años que hemos vivido, que están dando resultados, y así debemos seguir. La vida es muy rica en experiencias, la vida es muy rica en ideas, y al hombre la naturaleza lo dotó de cerebro para pensar y para actuar.

Hoy es variada la forma en que se explota la tierra, lo que no se puede decir es que hay explotación del hombre por el hombre, ni decir que las empresas o las tierras son norteamericanas o de terratenientes (APLAUSOS), y el capitalismo es eso, como ya se ha dicho. Capitalismo no solo son los montoncitos de crucecitas de madera a la orilla de la Sierra Maestra, que pongo por ejemplo, pero de las cuales estaba lleno el país; el capitalismo es quitarle al pueblo todo lo que es suyo, quitarle la nación al pueblo y entregársela a los terratenientes, a las grandes compañías extranjeras.

Esas tierras son de ustedes, cubanos, agricultores independientes; esas tierras son de los miembros de las CPA. Esas tierras, a todos los efectos prácticos, son de las UBPC, porque tienen el usufructo gratuito de la tierra, son los dueños de la producción y de importantes medios de producción.

En esto tenemos que trabajar con mucho sentido común. Como ustedes han visto, muchas veces hay que llevarse las máquinas hacia una dirección, porque allí la caña está seca, no llovió, y otras veces hay que llevárselas en otra. Hay que enriquecer los recursos, las posibilidades de todos los sectores de la agricultura; hay que saber los que se deben mantener unidos, bajo la dirección del Estado, para usarlos en la maniobra que tenemos que realizar constantemente, sobre todo, en las zafras. Esas máquinas tienen que moverse decenas, decenas de kilómetros, a veces tienen que ir de una provincia a otra, porque allá llovió normal y en la otra llovió mucho; y así hoy en algunos lugares están trabajando los equipos de varias provincias, ayudándoles a terminar la zafra.

Debo decirles que el resultado se ve. Habría muchos temas, pero, repito, no quiero extenderme mucho. Lugo tocó algunos de ellos, el de los mercados agropecuarios, el de la política a seguir con ellos; apeló al espíritu patriótico de nuestros campesinos, a trabajar, a luchar, para elevar la oferta en esos mercados para hacer más accesible el valor adquisitivo del peso que se gana un trabajador, o un médico, o un maestro. ¿Qué haríamos sin el trabajo de ellos? ¿Qué haríamos sin el trabajo de los obreros de las fábricas? ¿Qué haríamos sin los millones de obreros y empleados que tiene el país? Piensen en ellos también, es generoso, ellos lucharon junto a ustedes.

Esta fue la Revolución de los obreros y los campesinos, a la que se unieron los demás trabajadores. Esta Revolución es hija, es fruto de la alianza obrero-campesina que debe ser siempre preservada como algo sagrado (APLAUSOS). Y es que en algunas de estas instituciones, como en las mismas UBPC, obreros y campesinos son prácticamente la misma cosa, se unen en la misma cosa, porque no hay diferencias esenciales entre una UBPC y una CPA, entre el servicio que prestan a la nación los agricultores independientes y el que prestan ellos.

Sí, el hombre tiene siempre una tendencia natural, un instinto de acumular recursos, preservar recursos, pero el hombre también tiene otra cosa más maravillosa que ese instinto y es el espíritu de solidaridad; sin espíritu de solidaridad no habría habido independencia (APLAUSOS); sin espíritu de solidaridad no habría habido Revolución, no habríamos podido defenderla, no habría podido sobrevivir la patria. Ese espíritu es lo más importante, ténganlo siempre muy presente cuando estén allí bajo el rigor del trabajo: pensar en ustedes, pensar en su familia, pensar también en aquellos que ayudan al país, que los ayudan a ustedes, que ayudan a los familiares de ustedes.

Esos conceptos básicos no podemos olvidarlos. Y las cosas que no estén bien hechas se pueden mejorar, siempre se pueden mejorar.

Lugo mencionó a los intermediarios. Desgraciadamente, en cualquier cosa, con las mejores ideas con que se puedan elaborar, puede surgir ese tipo de persona que no sea un real productor, sino un individuo que quiera ganar en un día dos veces o tres veces lo que gana un médico en un mes; sin embargo, es un hombre que va al médico gratuitamente, y allí lo atienden y le salvan la vida cueste lo que cueste, y le educan a sus hijos en las escuelas y van también a las universidades y tienen todas las posibilidades.

Hay algunas personas que son indiscutiblemente egoístas, que esas no perturben nuestro trabajo; que los que tienen que ver con eso piensen, mediten, que en finanzas les pusieron un impuesto a los intermediarios en el mercado agropecuario y no a los campesinos.

Ya Lugo dijo que el país necesita dinero, ¿con qué va a pagar todo lo que tiene que hacer por el pueblo, incluso por la defensa del país? Pero son aquellos que ganen mucho, sobre todo cuando lo ganan mediante la especulación, no mediante el trabajo, los que más deben contribuir; a esos se refería Lugo, a esos me refiero yo.

Hay que incrementar la producción; ya se ha incrementado, se va incrementando, la de los campesinos y la de las demás formas: los campesinos independientes, las cooperativas campesinas, las UBPC, las granjas integrales aumentaron de 1994 a 1995, ya aumentaron de 1995 a 1996, creo que han aumentado de 24 a 29 millones la producción de viandas, hortalizas y vegetales; tienen esperanzas este año, en condiciones normales, de alcanzar 34 millones de viandas y vegetales.

Han surgido, como ustedes saben, los organopónicos. En ciudades como esta están por la libre los vegetales casi todo el año, ahí al lado, la gente va a allí a comprarlos frescos; los han organizado bien, deben seguir creciendo, y hay muchas formas de ir elevando las producciones.

La cosecha de papas ha sido un éxito muy grande, y vamos a procurar ampliarla en distintas provincias que tienen menos superficie dedicadas a ello.

Están estudiándose variedades de plátanos que resistan la sigatoka negra, enfermedad extraña que un día apareció de manera “extraña” en este país. ¡Vaya usted a saber quién la introdujo!, porque estábamos libres de ella como de otras, y contra nosotros más de una vez se ha usado la guerra biológica y así hemos tenido que enfrentarnos a todos estos problemas con variedades nuevas que sean resistentes. Hay decenas de millones de matas de plátano en este país, usted lo ve en Holguín, en Las Tunas, en todas partes, que si no fuera por esa enfermedad, con un poco de fertilizante, aun en época de sequía, podían dar el triple o el cuádruple de lo que producen.

Se hace un gran esfuerzo en la aplicación de la técnica —como ya se mencionó aquí también— y se avanza. ¡Que no se detenga este avance! ¡Que se puedan llevar más productos a los mercados agropecuarios y en especial a las placitas!

Es más fácil producir yucas en nuestro país que producir un animal al que hay que darle maíz, soya y trigo importado. Hoy el trigo importado tiene que ser principalmente para pan; antes grandes cantidades se empleaban en pienso para la producción de cerdo, aves, para la producción de leche también, para la producción de huevos en empresas estatales eficientes. En fin, ustedes saben que todos esos recursos, de repente, desaparecieron. El milagro, el verdadero milagro es que el país lo haya podido soportar, el honor y la dignidad con que lo ha hecho, la firmeza con que lo ha hecho, el creciente espíritu de heroísmo con que lo está haciendo, el creciente espíritu de lucha con que se enfrenta a todos los diabólicos inventos de los que nos quieren destruir, sencillamente, por haber erigido un monumento a la justicia (APLAUSOS).

Si trabajamos así, cada vez con más eficiencia, con más seriedad, saldremos más rápido de estos tiempos difíciles y volveremos a tener lo que teníamos ya alcanzado, y llegaremos a tener más que lo que teníamos. Lo que hay que preguntar no es cuándo, sino si la Revolución y el socialismo pueden avanzar más rápidamente, a pesar de las enormes dificultades que tenemos delante todavía. Si seremos lo suficientemente tenaces, valientes y heroicos para preservar en nuestra gloriosa lucha, porque es lo que nos llevará a la victoria; si perdiéramos la batalla, no quedaría nada, porque el mero hecho de ser cubanos se convertiría a los ojos del mundo imperial en un crimen.

Tenemos que garantizar que esta generación y las futuras generaciones, los hijos de ustedes, los más jóvenes y los nietos y hasta los bisnietos de aquí a 20, a 40, a 50, a 100 años puedan decirles a los imperialistas: ¡Aquí estamos! (APLAUSOS.) ¡Aquí está Cuba! (APLAUSOS.) ¡Aquí está el socialismo y la Revolución con su monumento a la justicia! (APLAUSOS.)

Aquí están los que serían capaces de luchar como en el 68, o los que serían capaces de luchar como en el 95, o los que lucharon a lo largo de la república, o los que lucharon contra bandidos, los que lucharon en Girón, o los que cumplieron grandiosas misiones internacionalistas que con tanta justicia nos recordó hoy Lugo.

¡Aquí está el honor de este país que es indestructible! ¡Aquí está su libertad que es innegociable! (APLAUSOS.) ¡Aquí está su derecho a defender su destino! ¡Aquí está su derecho a ser internacionalista!

Internacionalismo es lo que estamos haciendo hoy, más que nunca, luchando por salvar la patria, la Revolución y las conquistas del socialismo, que quiere decir socialismo (APLAUSOS), tal como nos lo pidió al hablar aquí la compañera en nombre de los visitantes extranjeros, que mantengamos el ejemplo de Cuba, la voluntad de Cuba, la Revolución Cubana; que con esta lucha no solo nos ayudábamos a nosotros mismos, sino que también los ayudábamos a ellos, porque una gran parte de los países del mundo o la inmensa mayoría de los países del mundo viven como vivíamos nosotros en aquellos tiempos que mencionábamos, y en muchos casos peor, porque el problema se agrava.

¡Qué felices serían todos los hombres y mujeres del campo en tantos y tantos países, con tantas y tantas injusticias, con tanta pobreza, si pudieran tener lo que tenemos hoy y que hemos sabido preservar y preservaremos!

No hay pueblo que pueda ser dominado, no importa qué poderoso sea el enemigo ni cuántas tecnologías ni cuántos inventos tenga, porque lo que no se ha inventado nunca, ni se inventará, es la forma de dominar un pueblo rebelde, un pueblo decidido a luchar y a morir por los valores que considera más sagrados (APLAUSOS).

Ese pueblo somos nosotros hoy (APLAUSOS), y tenemos que ser cada vez mejores, sí, porque necesitamos ser cada vez mejores y cada vez más eficientes. Mejores como lo hemos estado siendo este año, con el enorme trabajo realizado por nuestros hombres del campo y de la ciudad, limpiando caña, cultivando, sembrando, para poder decir que hoy tenemos un millón de toneladas de azúcar por encima del año pasado (APLAUSOS), que tenemos más tabaco que el año pasado (APLAUSOS), que tenemos más viandas, vegetales y hortalizas que el año pasado (APLAUSOS); que hemos roto el récord de producción de papa de toda la historia, con casi 8 millones de quintales (APLAUSOS).

Al hablar de papa es preciso felicitar de modo especial a esta provincia por su excelente rendimiento, por su gran producción (APLAUSOS); por haber llevado a cabo aquella idea, que parecía un sueño, de ayudar a los santiagueros, que no tenían tierras paperas, a que pudieran también comer papa. Los santiagueros recibieron determinadas áreas de tierra apta para el cultivo de la papa en esta provincia, trabajaron excelentemente bien, con la fraternal cooperación de los avileños, y han logrado una cosecha que les permitirá tener algunas papas por lo menos hasta febrero del próximo año (APLAUSOS).

Vean cómo se pueden hacer muchas cosas: los santiagueros no tenían tierras, pero tenían brazos. Se combinaron las tierras avileñas y también brazos avileños, la experiencia avileña, para lograr esos resultados. Y en el congreso obrero hablaron los orientales con orgullo, con satisfacción infinita de lo que habían logrado en esa área para su abastecimiento que tienen aquí en Ciego de Avila.

Hemos estado entusiasmando a otras provincias, y les decíamos: “Si ustedes quieren saber cómo se siembra la papa, vayan a Ciego de Avila y pregunten en Ciego de Avila cómo se obtienen grandes rendimientos de la papa” (APLAUSOS). Así que van a tener por aquí tuneros, holguineros y de otras provincias aprendiendo, rápidamente, qué es lo que hay que hacerle a una mata de papa.

Es excelente el espíritu, decía, con que se trabajó en todo el cultivo de la caña, el incremento notable de alrededor de un 30% que lograremos en la producción azucarera, y un 30% es cosa seria alcanzado en un tiempo récord; hay que mantener eso e incrementar otra vez al máximo posible la producción azucarera. De la producción azucarera dependen alrededor de 2 millones de personas en este país entre obreros agrícolas e industriales y sus familiares.

Se trabaja mucho en esa dirección, y nos entusiasma ver con qué espíritu de sacrificio han ido de las ciudades los trabajadores de estas provincias a ayudar a terminar esta zafra, interrumpida por las aguas en varias provincias, con el espíritu con que se han movilizado para cortar y se movilizan para sembrar y limpiar también.

¡No podemos descansar! ¡Nuestro descanso tiene que ser el trabajo! ¡Nuestro descanso tiene que ser sobrevivir! ¡Nuestro descanso tiene que ser la victoria!

¡Nuestro descanso, primero que todo, debe ser honrar a los que durante tan largos años lucharon por este maravilloso país que tenemos hoy! (APLAUSOS.)

¡Nuestro descanso es por todos los patriotas y revolucionarios caídos, por los campesinos caídos, por los obreros caídos como Jesús Menéndez en la lucha por los trabajadores! (APLAUSOS.)

Nuestro descanso es el honor y el orgullo con que somos capaces de realizar esfuerzos para que sobreviva la patria, para que seamos independientes, y para que se comprenda que hablamos muy en serio y con mucho honor y dignidad cuando decimos:

¡Socialismo o Muerte!

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

(OVACION)

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