ACTO CLAUSURA DEL VII CONGRESO DE LA ANAP, EFECTUADO EN EL TEATRO “KARL MARX”, EL 17 DE MAYO DE 1987, “AÑO 29 DE LA REVOLUCIÓN”.

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL COMANDANTE EN JEFE FIDEL CASTRO RUZ, PRIMER SECRETARIO DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA Y PRESIDENTE DE LOS CONSEJOS DE ESTADO Y DE MINISTROS, EN EL ACTO CLAUSURA DEL VII CONGRESO DE LA ANAP, EFECTUADO EN EL TEATRO “KARL MARX”, EL 17 DE MAYO DE 1987, “AÑO 29 DE LA REVOLUCIÓN”.

(VERSIONES TAQUIGRÁFICAS – CONSEJO DE ESTADO)

Distinguidos invitados;

Compañeras y compañeros:

Hoy se cumple un aniversario más de la muerte de Niceto Pérez, un aniversario más de la Ley de Reforma Agraria, un aniversario más de la fundación de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños; creo que también un aniversario del Segundo Encuentro de Cooperativas, y, especialmente, hoy concluyen los trabajos del VII Congreso de la ANAP.

Al hacer estas conclusiones, es preciso recordar o meditar sobre el colosal cambio que ha tenido lugar en nuestros campos en estos años, desde el triunfo de la Revolución en 1959. Ese cambio comenzó por la Ley de Reforma Agraria.

En aquel entonces las mejores tierras de nuestro país estaban en manos de empresas norteamericanas, y el resto, fundamentalmente, en manos de terratenientes. Muy pocos campesinos eran realmente dueños de sus tierras, la inmensa mayoría tenía que pagar rentas, o eran aparceros, o eran colonos, que entregaban un tanto por ciento de la producción, o eran precaristas.

En las montañas orientales, donde nosotros convivimos con los campesinos algunos años, podíamos apreciar que la inmensa mayoría de aquellos campesinos eran precaristas y estaban amenazados por el desalojo. Después que los campesinos desmontaban el bosque, sembraban café o sembraban pastos, inmediatamente aparecían los reclamantes de tierras.

La Revolución puso fin a todas aquellas formas de explotación de nuestros campesinos. Convirtió en propietarios de la tierra a todos los aparceros, arrendatarios, colonos, precaristas; en fin, a todos los que, de una forma o de otra, trabajaban por su cuenta el campo.

Las grandes extensiones de tierra, que estaban ya bajo explotación capitalista, como hemos explicado otras veces, no fueron parceladas, sino que se constituyeron en empresas estatales propiedad de todo el pueblo. No convertimos a nuestro proletariado agrícola en campesinos, sino que, realmente, les dimos a las grandes empresas agrícolas el mismo status que a las industrias. Nos parece que, históricamente, aquella medida fue absolutamente correcta. Si hoy tuviéramos que organizar el movimiento cooperativo a partir de cientos de miles de obreros agrícolas convertidos en minifundistas, entonces creo que todos ustedes, testigos excepcionales de este proceso de desarrollo de la agricultura y del avance hacia formas superiores de producción, comprenderán los grandes obstáculos en que nos veríamos envueltos en este momento.

Desde luego que con la parcelación de aquellas enormes extensiones de tierra, dedicadas a caña, arroz y otros cultivos, convirtiéndolas en minifundios, realmente habríamos liquidado la agricultura cañera en nuestro país; habríamos liquidado las grandes arroceras y los demás grandes centros de producción agrícola.

Toda mi vida he tenido el concepto de que el minifundio no es la forma adecuada de la explotación de la tierra. Imagínense ustedes las enormes extensiones cañeras convertidas en parcelas de tres o cuatro hectáreas, dedicadas a la producción de caña, arroz, frijoles, yuca, plátano, aves de corral, cerdos, ovino-caprino, etcétera. Creo que de esa forma nuestras producciones azucareras en aquellos grandes macizos cañeros, donde estaban situados precisamente los centrales azucareros, no habrían rebasado el 30% o el 40% de las producciones azucareras que tenía ya el capitalismo. Lo mismo habría ocurrido con las grandes extensiones ganaderas, arroceras y de otros cultivos.

No se cometió ese error e impedimos lo que ha ocurrido, como regla general, en los procesos revolucionarios agrícolas, que comienzan afectando considerablemente la producción. No cometimos ese error, y por ello fue posible después avanzar extraordinariamente en la mecanización de la agricultura cañera y de otros cultivos.

Desde luego, cuando triunfa la Revolución, como ustedes recordarán, no existían siquiera combinadas para cosechar caña, ni habrían podido existir; nuestros trabajadores agrícolas se habrían opuesto tenazmente y habrían hecho imposible la mecanización de la caña. En aquella época, cientos de miles de trabajadores se dedicaban al corte de caña durante unos pocos meses al año. Incluso, al triunfo de la Revolución ya se hacían colas ante los cortes cañeros; y en aquellos primeros años, cuando surgieron infinidad de posibilidades, cuando se crearon cientos de miles de nuevos empleos, cuando los campesinos fueron dueños de su tierra, cuando ya los obreros agrícolas no tenían que emigrar de la caña a los cafetales y de los cafetales al arroz, y así sucesivamente, confrontamos uno de los más difíciles problemas de la Revolución: cómo hacer las zafras. No había máquinas, ni existía aquel ejército de desempleados que se organizaba solo y realizaba los cortes y los cultivos de caña. No era un problema de fácil solución.

Recuerdo aquellos días en que el Che, ministro de industrias, se esforzaba por crear los primeros prototipos de combinadas de caña; por ahí se conservan algunas fotos de aquella época. En aquellos días, cada vez que se aproximaba la zafra, era necesario movilizar decenas de miles, y después cientos de miles de obreros y trabajadores de la ciudad, que prestaban normalmente servicios en la industria o en otras actividades, para realizar la zafra. Logramos mantener producciones relativamente altas, y logramos, además, incrementarlas. Se habían mantenido las grandes plantaciones cañeras, pero no teníamos la fuerza de trabajo para cortar las cañas.

Es fácil imaginarse, y pienso que mucha gente joven hoy no tiene ni idea de los esfuerzos que aquello implicó, los gastos y los sacrificios que requería la movilización masiva de cortadores de caña.

Pero al fin se fueron venciendo las dificultades técnicas para la construcción de una combinada cañera. En aquellos primeros años de la Revolución no existían en realidad combinadas cañeras en otras partes. Fue necesario desarrollar el modelo, el prototipo, vencer montones de dificultades, hasta que al fin se hicieron las primeras combinadas. Y, entretanto, surgieron otras ideas; la primera de todas en realidad fue la alzadora de caña, porque en nuestro país tenían no solo que cortarse, sino alzarse a mano más de 50 millones de toneladas de caña en cada zafra; pero fueron las alzadoras —si mal no recuerdo, eran unas alzadoras de heno soviéticas las que vinieron a nuestro país— el primer elemento en el proceso de mecanización de la cosecha.

Después surgió la idea de los centros de acopio, que elevaban la productividad de los cortadores. En aquel entonces nadie habría podido imaginarse la utilidad que tendrían más tarde para la alimentación del ganado.

Se desarrollaron y se construyeron las primeras combinadas. En ese entonces también nos vimos en la necesidad de introducir una práctica que, desde el punto de vista agrícola, no era la más conveniente, de quemar los campos de caña, puesto que las primeras combinadas no cortaban bien la caña si no estaba quemada; los rendimientos de los cortadores, aun con centros de acopio, eran más reducidos si no se quemaban las cañas.

Todavía en el año 1970 fue necesario emplear 350 000 macheteros, y, de entonces acá, es enorme el salto que hemos dado en la productividad del trabajo en las cosechas cañeras. Ya el número de macheteros se había reducido en casi 300 000, quedando limitado a unos 70 000, y fue solo a raíz del último ciclón, que atravesó casi de un extremo a otro la isla, que nos vimos obligados a aumentar el número de trabajadores en la cosecha para recoger las cañas que iban quedando en los surcos detrás de la máquina —las que iban quedando como consecuencia de las cepas derribadas y revueltas—, práctica que quedó después, cuando descubrimos la conveniencia económica de seguir con los recogedores para no desperdiciar las cañas que dejaban las máquinas. Pero es el hecho real que hoy se realizan nuestras zafras en forma relativamente cómoda, si se compara con aquellas enormes movilizaciones que nos habíamos visto obligados a hacer.

Se introdujeron otras técnicas; se mecanizó toda la preparación de la tierra, gran parte de los cultivos; se introdujo el herbicida, se usaron los aviones para regar el herbicida, en ocasiones también para fertilizar con urea mediante el riego foliar, y lo mismo que ocurrió en la caña, ocurrió en los arrozales: la mecanización de los cultivos, la construcción de grandes sistemas de riego, la siembra en avión, la fertilización en avión, en muchas ocasiones, y el corte mecanizado del arroz.

Ese mismo fenómeno de impulso a la mecanización tuvo lugar en todas las actividades agrícolas, si se exceptúan las montañas, donde no era posible introducir un buldócer o un tractor. En fin, la preparación de tierra, los cultivos, los transportes, se mecanizaron totalmente en nuestro país; se desarrollaron las empresas especializadas en cada uno de los cultivos, en cítricos, en viandas y vegetales, en la ganadería, en la caña, en el arroz; se introdujo la rotación de los pastos, el ordeño mecánico en todo el país. Resulta hoy muy raro encontrar una vaquería que no esté electrificada, donde el ordeño no sea mecánico y donde no se conserve la leche en refrigeración. Conseguir un ordeñador manual se convirtió en una tarea prácticamente imposible.

Procesos similares de mecanización tuvieron lugar en otras muchas actividades: en los puertos, con el azúcar a granel; en las construcciones; en fin, en todas aquellas actividades de trabajo más duro, más brutal, que fue considerablemente aliviado.

Ahora bien, este enorme proceso de desarrollo agrícola, de elevación de la productividad, de la mecanización, ¿se habría podido realizar en medio de minifundios? ¿Se habrían podido construir esos enormes sistemas de riego, emplear esos buldóceres, esas combinadas, esa técnica? Habría sido prácticamente imposible.

Incluso, la Revolución se vio en la necesidad de cortar la caña y cultivar las plantaciones de numerosos propietarios individuales, que sabían que la sociedad, el país y la Revolución necesitaban esa caña, no se tomaban la molestia de atenderla y había que cortarla, alzarla, cargarla y cultivarla previamente, para poder llevarla a los centrales azucareros y después entregarle el cheque a aquel feliz propietario al que la Revolución le había entregado previamente la propiedad de la tierra.

Y cada año una lucha, porque de repente se observaba una disminución del área cañera en las zonas de propietarios individuales, sencillamente porque la caña era un trabajo duro y resultaba más fácil, más cómodo, sembrar otras cosas; no solo más fácil y más cómodo, sino, en muchas ocasiones, más rentable. Si se dejaba ese movimiento a la espontaneidad, bien podía ocurrir que muchas áreas de centrales azucareros se hubiesen quedado sin caña.

Durante muchos años los recursos del país se invirtieron en estos desarrollos: se construyeron cientos de presas, se acumularon miles y miles de millones de metros cúbicos de agua en capacidad de embalse —por ahí hay algunos datos sobre el total de capacidad de agua que se represaba para la agricultura, antes de la Revolución parece que no llegaban ni a 50 millones y hoy sobrepasan ampliamente los 5 000 millones de metros cúbicos; ha crecido en más de cien veces la disponibilidad de aguas superficiales dedicadas al regadío—; se invirtieron enormes sumas en las construcciones de sistemas de riego, construcciones de caminos, de carreteras, en la electrificación de nuestros campos, en las construcciones de las escuelas secundarias básicas y preuniversitarias en el campo, asociadas a estos desarrollos agrícolas de la Revolución. Así se pudieron construir alrededor de 500 escuelas de ese tipo. ¿Dónde se ubicaban? En los grandes planes de cítricos, de viandas y vegetales; en aquellos cultivos donde los adolescentes y los jóvenes podían participar perfectamente compartiendo el estudio y el trabajo.

Ninguno de aquellos planes educacionales, la aplicación de ese principio tan revolucionario planteado ya desde los tiempos de Marx y de Martí, habría sido posible sin esos planes agrícolas, concebidos como formas superiores de producción agrícola. En el desarrollo de esos planes invirtió la Revolución grandes recursos.

Pero no trabajó solo la Revolución en las grandes extensiones de tierra de que disponía, sino que trabajó estrechamente con los pequeños agricultores independientes, que eran alrededor de 200 000, ocupando alrededor del 20% de las tierras agrícolas del país, puesto que las tierras estatales, adquiridas con la primera y la segunda reforma agraria, y también, en cierta forma, a través de compras de tierras a campesinos que ya no podían trabajarlas, o que ingresaron en los planes agropecuarios del Estado, alcanzaron aproximadamente el 80%. Durante muchos años se trabajó también con los campesinos individuales.

Llegó, sin embargo, el momento en que era necesario para el desarrollo de la agricultura, para nuevos impulsos a la producción y a la productividad del trabajo y de la tierra, impulsar las formas superiores de producción también en el sector de los campesinos individuales, de los pequeños productores, a los cuales, por supuesto, la Revolución, a lo largo de todos esos años, les brindó toda la colaboración y todo el apoyo.

Podemos decir que no solo la Revolución les entregó y les aseguró las tierras a los campesinos; no solo llevó desde los primeros instantes las escuelas y los maestros a los campos, los médicos y los hospitales; no solo realizó un inmenso trabajo educacional, que comenzó con la gran Campaña de Alfabetización; no solo llevó los programas de salud, que erradicaron numerosas enfermedades, que redujeron la mortalidad infantil, que quién sabe los índices que tenía el capitalismo, porque recordamos todas aquellas epidemias que asolaban y diezmaban a la niñez campesina; no solo redujo los índices de mortalidad infantil en nuestros campos a cifras que hoy son las más bajas entre todos los países del Tercer Mundo y más bajas, incluso, que en numerosos países desarrollados; no solo llevó la Revolución los caminos, carreteras, las comunicaciones, la electricidad a nuestros campos; no solo llevó la mecanización, que de modo tan extraordinario redujo los esfuerzos físicos de nuestros trabajadores agrícolas en general; no solo creó la oportunidad de estudiar más allá de la primaria, en la secundaria, sino también en la enseñanza superior; no solo formó, de los hijos de nuestros campesinos, a decenas de miles de maestros, profesores, enfermeras, técnicos medios de la salud, médicos, ingenieros y especialistas de todas clases, oficiales de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias; no solo hizo todo aquello por nuestros campesinos la Revolución, sino que cooperó extraordinariamente con ellos en el campo económico.

Podemos decir que durante más de 20 años los campesinos no pagaron ni un solo centavo de impuestos, lo cual me parece único en el mundo, se les concedió cientos de millones de pesos de créditos sin interés; y no solo se les concedió créditos, sino que incontables veces, cuando un ciclón pasó, cuando una sequía o una plaga hizo grandes estragos, cuando por una razón o por otra los campesinos no pudieron pagar aquellos créditos, los créditos fueron condonados. Solo en años muy recientes algunos renglones de la producción campesina pagan un pequeño impuesto, más bien de carácter simbólico, y del cual están excluidos en la actualidad: el café, el cacao, el tabaco y algún otro cultivo. El Estado revolucionario fue la Caja de Seguro universal de todos los campesinos.

Las cooperativas y las asociaciones campesinas recibieron cuantas máquinas requerían, cuantos camiones, tractores, etcétera, fueran necesarios. Es decir, hubo una cooperación enorme, total, absoluta, como se correspondía, como era justo y como eran los propósitos de la Revolución con nuestros campesinos.

Pero llegó —como dije— el momento en que hacían falta cambios, no podíamos eternizar aquella forma de producción individual, parcelaria, atrasada. Era imposible resolver muchos problemas: cómo urbanizar nuestros campos, cómo llevar la electricidad a todas las familias campesinas, cómo organizar la escuela con aulas y maestros de grados diferentes; cómo acercar los niños a las escuelas, cómo llevar a todos nuestros campesinos en los llanos y montañas los beneficios de la civilización, el techo seguro, el hogar higiénico, el agua corriente, la electricidad, y con la electricidad, infinidad de ventajas, que van desde la plancha eléctrica a la batidora, el refrigerador, la televisión, el ventilador, la lavadora, hasta el aire acondicionado si lo desea y la luz eléctrica; cómo llevar las ventajas más apreciadas de los progresos del hombre a nuestro sector campesino; cómo llevar las combinadas para cortar la caña con una elevada y racional productividad, las grandes máquinas roturadoras de tierra, o desbrozadoras del terreno; cómo llevar los canales y los sistemas de riego; cómo utilizar la aviación en la agricultura; cómo racionalizar la tierra y sembrar en cada metro cuadrado lo que debe sembrarse en cada metro cuadrado, por las características del suelo, por la topografía del terreno, por el grado de compactación, humedad, porosidad, etcétera, por la composición mineral de ese suelo, para sembrar cada cosa, podríamos decir, en su lugar, donde tendría la máxima productividad o donde era posible llevar el agua; cómo dar un empleo óptimo a más de 100 000 caballerías de tierra, muchas de ellas de buena calidad, porque, en general, el campesino históricamente, los pequeños agricultores, se agrupaba allí donde había un valle, donde había cierta humedad, donde había más posibilidades; cómo buscar desde el punto de vista económico la máxima productividad de aquellas tierras por hectárea o por caballería, puesto que era necesario seguir aumentando la producción cañera —y los planes de desarrollo del país lo exigían—, puesto que era necesario seguir impulsando los planes de cítricos, los planes de producción de viandas y vegetales, y los planes de producción de carne, de leche, etcétera.

Cómo combinar todas aquellas ventajas económicas, sociales y humanas. Era necesario, pues, impulsar el movimiento cooperativo. Era necesario impulsar la creación de cooperativas de producción agropecuaria.

Después de 20 años de Revolución ya empezaba a constituir prácticamente una vergüenza el hecho de que un sector de nuestra población rural, una parte importante de nuestras tierras, siguieran siendo explotadas como en la época en que llegaron a este país los conquistadores españoles; que al lado de los grandes avances revolucionarios y sociales, de los grandes avances en la industria, en muchos aspectos de la vida del país, continuáramos con métodos prehistóricos de producción agrícola en una parte importante de nuestras tierras.

Avanzar hacia formas superiores de producción agrícola no es una simple idea, un gusto particular de alguien, un capricho; es una profunda necesidad humana —y empecé hablando de los aspectos humanos de la cuestión—, una profunda necesidad social y una profunda necesidad económica.

No mencionaba, por ejemplo, la cantidad de trámites, arreglos, precontratos, contratos, etcétera, que hay que hacer todos los días y todos los años con cientos de miles —en este caso eran 200 000 campesinos individuales—: los créditos para cada uno de ellos, los materiales y los insumos para cada uno de ellos en su parcela, la aradura de la tierra en cada uno de los pedacitos, las atenciones sanitarias de tipo vegetal o animal y, al final, los acopios de los productos: dos gallinas, tres gallinas, cuatro gallinas; un puerco, puerco y medio, medio puerco; 40 litros de leche, un tanque para que la recoja, y a horas tempranas, porque no tenía frío, a fin de que no se cortara la leche, cubo a cubo; un quintalito, más de un quintalito o menos de arroz, de frijoles, y un camión hoy con plátanos, mañana otro con boniato, pasado otro con vegetales, y un camión visitando numerosos minifundios para cargarse, etcétera, etcétera, métodos verdaderamente prehistóricos.

En la granja estatal, en la lechería de 288 vacas, con electricidad, se conserva la leche de los dos ordeños a la temperatura adecuada, esperando el momento en que llegue el camión a cargar 1 000, 1 500, 2 000 litros de leche; en el minifundio son 50, 60, 80, 100, para citar un ejemplo.

Caballeros, si en este país hubiéramos tenido que suministrar las necesidades de leche recogiendo cientos de miles de cántaras en decenas de miles de lugares por todo el país, creo que sería, realmente, una tragedia. Si en este país hubiéramos tenido que abastecer de huevos a la población, recogiéndolos gallina por gallina y nido por nido a lo largo y ancho de nuestros campos, este país nunca habría podido consumir, como consume hoy, más de 2 500 millones de huevos todos los años. Casi el ciento por ciento de los huevos que consume la población urbana, los trabajadores agrícolas e industriales y sus familiares no sale de los minifundios, sale de empresas organizadas industrialmente, en cada una de las cuales cientos de miles de aves crecen, o decenas de miles de gallinas ponen, y ponen 250, 260 y, en ocasiones, hasta 300 huevos por año, y producen el huevo con un consumo mínimo de pienso, bien medido, matemáticamente calculado; que reciben atenciones sanitarias y protección contra todo tipo de enfermedades, y son muchas. Se acopian miles de millones de huevos y no se entera nadie, están allí las cajas, se recogen una a una, se colocan en camiones, se transportan, se conservan en los frigoríficos el tiempo que sea necesario, y así nuestra población tiene abastecimiento por la libre de huevo, un alimento de gran valor, a precio, realmente, módico, flexible: 9, 10, 11 centavos, según la época del año.

Es que las gallinas esas de los patios, que en verdad producen un huevo agradable, bueno para un cumpleaños, o para recibir a un pariente de la ciudad; un arroz con pollo de pollo criollo … Y el mismo pollo criollo es más magro y dicen que hasta tiene buen sabor, un pollito, dos, diez; pero no abastecen a la población, no la abastecen. Y esas gallinitas criollas ponen 10 huevos, 12, 14 y se echan, hasta la próxima puesta —se ponen cluecas, creo que es como les llamaban (RISAS)—, empollan los huevos, nacen los pollitos, los crían allí buscándoles con el piquito la comida, y a los seis meses tiene medio pollo. Si fuéramos a abastecer así a nuestros diez y tantos millones de habitantes estaríamos perdidos.

La carne de ave, que ha ido creciendo hasta la cifra de alrededor de 100 000 toneladas por año, si fuera a base de pollitos criollos no llegábamos ni a 10 000. Y así muchas producciones.

Más del 90% de la carne de ave y porcina que se distribuye a la población, una gran cantidad de la carne de res; más del 80% de la caña que se suministra a los centrales azucareros; más del 90% del arroz que se distribuye a la población; más del 90% de la leche; más del 80% del cítrico de exportación, las ramas agrícolas fundamentales, de las cuales ha vivido y por las cuales se ha desarrollado la economía del país, se produjeron bajo formas superiores, en empresas estatales agrícolas. Ha sido fruto del trabajo abnegado de cientos de miles de nuestros obreros agrícolas, tan generosos, que han estado siempre prestos a todo; también, en parte, de nuestros obreros industriales, que se separaban de sus familiares meses enteros para hacer la zafra, para ayudar en cualquier cultivo, en cualquier actividad; y fruto también del esfuerzo de cientos de miles de nuestros estudiantes, en esa maravillosa fórmula marxista y martiana de la combinación del estudio y del trabajo; nuestros estudiantes de secundaria, de preuniversitario, de los tecnológicos, asistiendo al campo, recogiendo vegetales, cítricos, tabaco, etcétera, porque nuestro país conoció formas superiores y formas muy justas de producción.

Y en muchas ocasiones nuestros obreros cortaron la caña de aquel privado que no se acordaba que la república existía —claro, excepciones, no eran la regla; pero lo cito como ejemplo.

Por muchas razones, por infinidad de razones, había llegado la hora de impulsar formas superiores de producción agrícola en nuestro sector campesino, nuestro leal aliado, el aliado firme de nuestra clase obrera, nuestros nobles, honestos y patriotas campesinos, nuestros revolucionarios campesinos (APLAUSOS), cuyo espíritu pudimos comprobar desde los primeros meses, desde los primeros días de nuestro desembarco, a lo largo de la lucha en las montañas y a lo largo de 28 años de Revolución, en la construcción del socialismo, en la defensa de la Revolución y de la patria.

No se podía dejar esto a la espontaneidad, porque mediante la espontaneidad no es posible avanzar, no es posible construir el socialismo, había llegado la hora de que nuestro Partido y nuestro Estado revolucionario orientaran al campesinado por esos caminos; porque la culpa, si nos quedábamos con un sector rezagado de nuestra población, no iba a ser de los campesinos, iba a ser del Estado, del Partido, de la dirección revolucionaria.

Y, desde luego, cuando se promulgó la última ley de Reforma Agraria, se les prometió a los campesinos que no habría más reformas agrarias —ya la reforma se había hecho anteriormente con relación a las grandes empresas extranjeras y con los grandes latifundistas criollos—; la segunda reforma no afectaba ya a empresas extranjeras que tenían, en ocasiones, hasta más de 100 000 hectáreas. La segunda ley, afectó a algunos miles que tenían más de 65 hectáreas y menos de 400, fue más traumática, y era necesario llevar la tranquilidad a nuestros campos, es decir, a los campesinos con menos de 65 hectáreas o más exactamente, con menos de cinco caballerías, 67 hectáreas, a los que llamamos pequeños campesinos, pequeños agricultores, para que trabajaran con absoluta confianza. La Revolución hizo esa promesa, la ha cumplido y la cumplirá (APLAUSOS).

En nuestro país se daban circunstancias especiales, porque como había latifundios extranjeros de más de 100 000 hectáreas, cuando se hizo la primera ley, que las redujo a unas 400 —eran 30 caballerías y como máximo 100 caballerías—, ya fue radical. Si se toman en cuenta aquellas enormes extensiones, cuando la segunda ley las redujo a 67 hectáreas, era una ley muy radical, superradical; bueno, le ganó a la Revolución el odio de los imperialistas, los planes de invasión del país, de la destrucción de la Revolución. Pero cuando quedaban 67 hectáreas, eso se podía llamar una pequeña parcela solo relativamente, si la comparamos con un gran latifundio norteamericano, la United Fruit Company, que tenía 10 000 caballerías, es decir, 134 000 hectáreas, ¿qué son 67 hectáreas al lado de aquello?

Pero, desde luego, en cualquier revolución social, cualquier revolución socialista en Europa o en China, 67 hectáreas habrían sido consideradas un gran latifundio. En el caso de China, un gigantesco latifundio.

De ahí surgieron algunos nombres en la terminología revolucionaria, algunos vocablos: los campesinos ricos, los kulaks, qué sé yo. Las diferencias entre los tenedores de tierra dieron lugar a enconadas luchas. Y en nuestra Revolución, que tiene sus sellos, sus características, sus peculiaridades, el esfuerzo que se hizo fue de otro tipo: unir, hermanar a los propietarios privados de tierra que quedaron después de las dos grandes reformas agrarias, lo mismo al que tenía 67 hectáreas, que al que tenía cinco hectáreas, tres o dos hectáreas; los unimos en una sola categoría denominada agricultores pequeños, o pequeños agricultores —esa es una cuestión de terminología—; recuerdo que cuando discutíamos con Pepe el nombre que iba a tener la organización —creo que esto lo he contado alguna que otra vez—, si por ejemplo era Asociación Nacional de Pequeños Agricultores, pero eso hubiera sido ANPA, sin h y sin m, pero suena casi igual: el “hampa” de Cuba, dije: Pepe, no puede ser, no puede ser, hay que buscar otro nombre. Bueno, digamos, ANAP, Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, y decía Pepe, y no sin cierta razón, que eso iba a significar agricultores bajitos. Digo: Mira, cuando le pongamos el nombre, ya todo el mundo se va a familiarizar y va a saber qué es. No encontramos otro mejor: Asociación Nacional de Agricultores Pequeños. La organización, como dije, agrupó a los que tenían muy poca y a los que tenían bastante más tierra.

Indiscutiblemente que la persistencia de agricultores con 40 hectáreas, 50, 60, 65, 67, mantenía un número de agricultores que necesitaban de cualquier forma fuerza de trabajo ajena; se había aplicado el principio revolucionario de la tierra para el que la trabaja, y, desde luego, no se podía decir que se aplicaba ese principio de manera absoluta, porque quedaba un número determinado de propietarios que tenía que usar la fuerza de trabajo asalariada.

Si se trataba de un cultivo ganadero, pasto extensivo, era más fácil, una familia podía atender un rebaño; cuando se trataba ya de cultivos de tabaco, que requiere mucha fuerza de trabajo, vegetales, determinadas viandas, era imposible hacer los cultivos y las cosechas sin fuerza de trabajo asalariada.

Subsistía la posibilidad de personas que se hicieran ricas, porque cinco caballerías de papas, por ejemplo, bien cultivadas, dan una cantidad de muchas decenas de miles de pesos de ganancia al año, que no se sabe en qué gastarlos, lo mismo ocurre con otros cultivos, y quedaba un determinado número de casos en esas circunstancias. Sé de casos como el de una plantación de cítricos de varias decenas de hectáreas que, en definitiva, no eran ni propiedad de la persona que las explotaba, trabajaba allí, se quedó después que el dueño se fue para Estados Unidos después de la Revolución y obtenía ganancias anualmente de más de 60 000 pesos. Sin embargo, la Revolución nunca quiso subdividir a los campesinos que quedaron como propietarios después de las reformas, algo que había ocurrido en todas partes y en todos los procesos revolucionarios: la división entre campesinos pobres y campesinos ricos. No quiso utilizar aquí nunca la categoría de kulak, creo que fue un estilo de la Revolución seguir en este caso otro camino, que es el de la unión, el trabajo, la persuasión, enfrentar los inconvenientes de las diferencias subsistentes en aras de la unidad y para evitar cruentas divisiones en el seno de nuestros campesinos.

Esa ha sido una norma que ha seguido la Revolución, nos parece que fue un camino correcto, y no será mediante leyes, mediante la presión o la coerción legal, o el ejercicio del poder del Estado proletario, que habremos de avanzar por los caminos que convienen al país y por los caminos que convienen a la Revolución. Y por eso se trazó esa línea y ese principio, la Revolución dijo que no habría más leyes agrarias, hay que trabajar mediante métodos persuasivos.

Si hay una influencia o una presión, que esta sea de tipo moral, en la atmósfera de nuestra sociedad, en la atmósfera de nuestros principios; si vamos a conseguir determinados objetivos sociales, alcanzarlos en esta fase de la Revolución por métodos evolutivos y no por métodos radicales. Es, sin duda, lo más conveniente en todos los sentidos, en un sentido político, en un sentido económico, en un sentido social, porque tenemos la convicción de que más tarde o más temprano, con estos métodos persuasivos, iremos llevando a todos los agricultores individuales que subsisten, a todas las parcelas, hacia formas superiores de producción agrícola.

Hay un fenómeno —y ustedes lo conocen perfectamente bien—, muchos hijos de campesinos, de los pequeñitos y de los medianos, han estudiado, han ido a las universidades; muchas parcelas se han quedado sin fuerza de trabajo propia; muchos campesinos han ido envejeciendo. Un número de ellos, se hablaba en el Congreso, no pueden atender las tierras; hay una juventud con otros criterios, con otras ideas, otras concepciones, otra educación, que lógicamente se irá adaptando a las formas nuevas de producción. Está la presencia de la mujer, esclava del hogar y de los trabajos domésticos, a pesar de toda la batalla librada por la Revolución, la que más sufre allí, desde la recogida del agua, a veces a cientos de metros, la atención de la casa, la cocina, la ropa, los hijos, y es ella la que más defiende, como regla, como principio, las formas superiores de producción por las incuestionables ventajas sociales y humanas que significan para ella.

Nos decía en el Congreso un delegado campesino del Escambray, uno de los pioneros del movimiento cooperativo en las montañas, que cuando empezó su cooperativa allá en las montañas, en uno de los lugares más difíciles porque allí no se puede introducir una máquina y, a fuerza de trabajo manual y de voluntad, se propuso hacer una cooperativa, se marcharon algunos y quedaron solo 12. Nos explicaba también que ya empezaba a nutrirse otra vez la cooperativa con personas que regresaban ante el éxito alcanzado.

El defendía, por cierto, el criterio de que se rebajara la edad para el retiro; estaba preocupado fundamentalmente por las mujeres, hablaba de lo mucho que se habían agotado trabajando en las montañas, con muchos hijos, luchando en aquellas duras condiciones. Este fue un tema bastante discutido, un tema complejo. Por otro lado se nos presentó el fenómeno de muchos retiros, que incrementaron notablemente el gasto de la jubilación por encima de los ingresos.

El dijo muy gráficamente: Si se rebaja la edad del retiro para las mujeres, ellas mismas van a llevar a los maridos a la cooperativa. Nosotros sabemos que la mujer ha sido una fuerza, un factor en este proceso. Es indiscutible también que las cooperativas deben mostrar su éxito, porque este principio de la voluntariedad —que de eso se trata— requiere que la gente vaya por convicción, ante las incuestionables ventajas de la cooperativa en todos los sentidos.

Decía que hay muchos factores que contribuirán, frente a la persistencia del espíritu conservador o el espíritu individualista, al desarrollo del movimiento cooperativo. Existen, desde luego, factores psicológicos que están presentes: la costumbre centenaria de la parcela, del trabajo individual, de los hábitos de productor individual, el apego a esa forma; la desconfianza de si en la cooperativa se resolvían o no los problemas, si los autoabastecimientos se aseguraban o no.

No podemos ignorar esa realidad psicológica, la realidad de los hábitos, de las tradiciones. A esto se une cierto espíritu natural de recelo, desconfianza del campesino a cosas nuevas, cambios de ese tipo. Y en las condiciones de nuestro país, una circunstancia particular: nuestros campesinos no vivían en aldeas como en Europa, donde esta costumbre es milenaria; como en el viejo imperio de los zares, como en muchas comunidades indígenas en América Latina y en Africa, que tradicionalmente vivían en aldeas, por alguna razón, quizás, incluso, la ayuda mutua, la protección frente a animales salvajes, el frío, el hielo, quién sabe.

En nuestro país los campesinos vivían solos, aislados en sus parcelas, y esto, naturalmente, crea hábitos y costumbres particulares; esto nos llevó, incluso, a un error al principio de la Revolución, y no se trataba de una cooperativa, se trataba de una granja del pueblo —como se llamaba en aquel entonces— al norte de Pinar del Río, cerca de Santa Lucía, creo que se llamaba El Rosario, era ganadera, y fue uno de los primeros pueblos que se construyeron.

Entonces hicimos una concesión a la mentalidad rural, digamos; ya no campesina, porque eran obreros agrícolas, pero de origen campesino, mentalidad campesina. ¿Cómo querían al pueblo? Lo querían en casitas aisladas; pero no solo aisladas, sino distantes. Y allá, con aquellas ilusiones de los primeros años, aquellos sueños y la falta de experiencia, decidimos hacer un pueblo a gusto de aquellos campesinos. No sé cuántas casas eran, quizás Lugo o alguien más lo recuerde, pero era un buen número de casas. En aquella época no había concepto de microbrigadas, ni nada de eso, fue una empresa constructiva y fabricó la maravilla del siglo, lo más bello, lo más bucólico, lo más romántico; cada casa estaba como a 100 ó 200 metros de la otra, porque decían que no debían vivir muy juntos.

Allá está el pueblo, como un monumento histórico a la buena voluntad y a los sueños de los hombres, con un solo aspecto positivo, una prueba también del cariño y del respeto a nuestros campesinos (APLAUSOS). Nos llevó a construir la ciudad imposible. ¡Ni se sabe las caballerías que ocupó aquel pueblo!, ¡ni se sabe la cantidad de tubos!, para agua corriente, drenaje, electricidad, etcétera, etcétera.

Hace años que no voy por allí, quizás la nostalgia de aquellos tiempos me lleve un día a dar una vueltecita, para ver aquel pueblo maravilloso.

Es que al campesino no le gustaba vivir cerca uno de otro, por ese hábito opuesto de vivir aislado en su parcela. Y, no hay duda, una casita aislada con un bello jardín por el medio sería maravilloso, no solo en el campo, sino también en la capital de la república. Eso es lo que buscaban los grandes millonarios, que estuvieron construyendo por allá por Miramar y todos esos barrios, y tenían, además, finquitas de recreo en el campo.

Si la Revolución no llega a tiempo, Ceiba del Agua y todos los planes de cítricos esos que hay hoy allí estarían convertidos en fincas de recreo, rodeadas por cercas de piedras. Y esas cercas de piedras son tan comunes en nuestra antigua provincia de La Habana, que en una cerca de piedras y por una cerca de piedras murió el Titán de Bronce en el combate de Punta Brava —según cuenta la historia. Como había muchas piedras y esclavos que las recogieran, rodeaban la finca con ellas. Antes de la Revolución, ya esas tierras se estaban convirtiendo en fincas de recreo. Yo no sé lo que iba a quedar para alimentar a la población.

Imagínense que nosotros hagamos en la capital casitas aisladas, rodeadas de jardines: llegamos por el oeste a Artemisa, por el sur a Batabanó y por el este a Matanzas. Las 700 000 toneladas de azúcar que produce la provincia de La Habana desaparecerían, y los millones de quintales de papas y vegetales, el millón de litros de leche que casi produce diariamente la capital, no se sabe adónde se iba a producir eso. Es decir que las realidades se imponen; imponen, incluso, el edificio multifamiliar.

En muchas comunidades agrícolas nuestros trabajadores viven en el edificio multifamiliar, porque no nos alcanza la tierra, no podemos dedicar la tierra a hacer casas individuales, aparte de lo costoso que resulta la urbanización en esas condiciones. En la propia capital no nos queda más remedio que construir hacia arriba, también en Santiago. En otras ciudades todavía hay espacio, pero aquí hay que construir hacia arriba, edificios de 5, 10, 12 plantas o más. No hay tierras tampoco en Santiago de Cuba, encajonado en aquel valle, no hay forma de construir casitas individuales. Es una solución para las viviendas por cuenta propia, donde hay espacio; pero nuestras tierras deben ahorrarse, tenemos casi 100 habitantes por kilómetro cuadrado; hay no más de 0,4 hectárea de superficie agrícola por habitante, y en esa superficie tenemos que producir casi una tonelada de azúcar per cápita para exportar cítricos, tabaco, pimientos, etcétera, y producir, además, alimentos para la población.

Si analizamos el dato matemático —y yo creo que empleé ese dato, no sé si fue en el Primer o en el Segundo Congreso, que no éramos tantos como somos ahora, crecemos todos los años—, ya la cantidad de tierra agrícola por habitante es muy poquita, pero muy poquita la tierra agrícola per cápita; no cuento las montañas allá, ni las áreas pantanosas, sino la tierra que es arable, que es cultivable, de donde salen la caña, los alimentos, todo.

Nuestros propios planes de cítricos, el más grande se está haciendo allá en Jagüey, al sur de Matanzas, sobre el diente de perro; hay que enviar buldóceres a desbrozar, digamos, a aplanar el terreno primero, rompiendo con las cuchillas las rocas que afloran, abriendo los huecos con dinamita para sembrar en bolsas de tierra, no obstante lo cual se dan excelentes cítricos, porque tiene buen manto freático a poca profundidad, condiciones naturales muy buenas; pero allí es donde desarrollamos un gran plan de cítricos. O en áreas como las de la Isla de la Juventud, que no sirven para otros cultivos. Cientos de caballerías se han recuperado en la provincia de La Habana, con suelos de piedra que no eran aprovechables, al sureste de la provincia de La Habana, regando turba y haciendo el suelo para sembrar pasto y producir leche.

No sé si estaremos todos suficientemente conscientes de nuestra escasez de tierra, de la necesidad de elevar la producción por hectárea, porque la población crece, pero la superficie no crece. Y constantemente se pierden tierras en las vías férreas nuevas que se construyen, en las autopistas, en las carreteras, en las fábricas, en las escuelas, en los centros de acopio, en todo; cada vez hay menos tierra, la tierra más bien se reduce y la población crece. No estamos en Argentina, con varios millones de kilómetros cuadrados y solo 30 millones de habitantes.

Son realidades que deben estar presentes en nuestras mentes, tenemos necesidad de la técnica, de la ciencia. Buscar variedades cada vez más productivas, como en el arroz; las variedades actuales producen dos veces, tres veces más. Es una necesidad imperiosa de nuestro país, de nuestra sociedad, buscar el aprovechamiento óptimo de la tierra. Por eso, cuando se puede recuperar un pedazo, se recupera y se trabaja sobre esa tierra.

En días recientes yo meditaba sobre la situación que tenemos con la zafra, la vulnerabilidad de nuestra zafra a las lluvias, sobre todo a las lluvias intensas, y me preguntaba: ¿Realmente no nos habremos mecanizado más de la cuenta? ¿No será ya excesiva nuestra mecanización, de modo tal que una lluvia de dos pulgadas, en algunos lugares del norte de Sancti Spíritus y de Villa Clara, nos para 15 días, 21 días? Les planteé eso a los compañeros de la industria azucarera y a la vicepresidencia del Consejo de Ministros que atiende el sector agrícola del país: meditemos; tenemos 25, 30, más centrales con grandes dificultades cuando llueve en zafra, ¿tendremos que desmecanizar? Y sobre eso se piensa, se trabaja buscando soluciones. Claro que desmecanizar es más difícil, y existe el criterio de que con fuertes trabajos de drenaje en sus áreas podrían evitarse las prolongadas interrupciones. Hace años que venimos haciendo trabajos de drenaje en esos lugares, pero al parecer habrá que intensificarlos mucho más.

Esto quiere decir que debemos tomar nuestras tierras, las que son de secano, las que no tienen buen régimen de lluvia, según el cultivo buscar en lo posible el agua para el riego —el país ha hecho enormes esfuerzos en ese sentido—; buscar fórmulas para emplear de manera óptima el riego, que no se pierda agua; en los lugares bajos hacer todos los trabajos de drenaje que allí se requieren, y, en fin, optimizar la explotación de nuestras tierras para que produzcan más por hectárea. Mas, buscar no solo una superior producción por hectárea, sino también una superior producción por hombre; y si no hay solución, por ejemplo, con el drenaje, que permita, por lo menos, entrar a las 24 horas, a las 48 horas, a cortar la caña, habrá que buscar alternativas.

Este año las lluvias han hecho daño a la zafra, sin resolver nuestros problemas fundamentales, de modo que se nos acumuló: a fines de 1985, un ciclón, después de fortísima sequía en el propio año, y fortísima sequía en 1986; además de eso, fuertes lluvias en plena zafra en Pinar del Río, en occidente, sobre todo, afectando la zafra, afectando también las cosechas de papa, de tomate, de vegetales. Llovió también en el centro del país, y bastante. Y sobre una afectación que había de un millón de toneladas este año, derivada de los problemas del ciclón y las dos sequías consecutivas, se debe añadir, por todas las dificultades de la zafra con las lluvias, alrededor de medio millón de toneladas. Del plan de 7,6 millones, haciendo un esfuerzo serio, se podrán alcanzar alrededor de 7,1; es decir, de los cálculos de producción de azúcar ya afectada que hicimos a fines del año pasado, cuando se plantearon las medidas en la Asamblea Nacional, nos encontramos con la gracia de medio millón de toneladas menos. El atraso que había en esta zafra era ya de un millón, se está reduciendo, y esperamos que se reduzca hasta medio millón. Por eso la importancia de moler la caña que nos falta y, además, sembrar la que hay que sembrar. El hecho es que vinieron estas lluvias e interrumpieron, en innumerables ocasiones, la zafra, en el occidente y el centro del país.

No incluyo en esto factores subjetivos que están presentes en las dificultades, estoy hablando del agua, las interrupciones que ocasionaron las reducciones en los rendimientos de azúcar, porque es que el agua no solo paraliza la zafra, también reduce los rendimientos de azúcar, y la suma de las dos cosas es lo que explica considerables atrasos y la reducción en la producción programada.

Pero somos vulnerables y a las máquinas, como principio, no podemos renunciar; no podemos renunciar, creo que eso lo comprendan. Pudiéramos tal vez reducir la mecanización en algunos lugares, pero en esencia es imposible prescindir de las máquinas, de los tractores, de los camiones, de las combinadas. El daño es menos grave en las tierras altas, en las tierras bajas es mucho mayor.

Es decir, el hombre en nuestro país tiene que enfrentarse a muchas dificultades: sequía, ciclones; pueden transcurrir muchos meses sin llover y después llover cientos de milímetros en unos días. Son realidades. Esto nos obliga a superarnos, esto nos obliga a ser más sabios, más prácticos, más inteligentes, a enfrentar todos y cada uno de los problemas, porque cada ventaja tiene también sus inconvenientes.

Imposible volver a la época del buey y del corte manual, ¡imposible!, no hay quien hiciera eso, eso solo podía llevarlo a cabo el capitalismo, con cientos de miles de desempleados y en medio del hambre desesperada, cuando gran parte del pueblo no tenía otra oportunidad de sobrevivir que hacer eso. Hoy no habría hombres que cargaran sacos de 325 libras —bueno, voluntarios siempre habría, pero no los que lo hicieran sistemáticamente—; ni que cortaran arroz con una hoz, la hoz se esgrime hoy como un símbolo político, pero no como instrumento de cortar el arroz; ni los habría haciendo carreteras con una mandarria o un hombre ordeñando a mano. Esas categorías de ciudadanos en este país, perteneciente al pasado de la colonia, la esclavitud y la neocolonia, ya no existen más aquí.

Menciono esto porque debemos meditar sobre las realidades, las dificultades, que nos conduzcan a la conclusión, sencillamente, de que debemos optimizar nuestros recursos naturales y nuestros recursos humanos, que vivimos en una época distinta, que entramos en una fase nueva, y eso, necesariamente, implica cambios, implica adaptarse a esas nuevas circunstancias, a esa nueva época, a esa nueva vida y que, por tanto, aquella cosa sentimental, nostálgica, romántica, del hombre viviendo aislado en los campos y en las montañas, se convierte en algo del pasado.

El programa Palmas y Cañas no sé dónde lo harán, pero me imagino que en una buena cooperativa, con una comunidad bien construida, bonita, con sus áreas verdes, su luz eléctrica, su escuela, su tienda, su médico de la familia, círculo social, etcétera, etcétera. Esa será la vida nueva (APLAUSOS), sobre la base del más estricto principio de la voluntariedad, sobre la base de la persuasión y sobre la base del trabajo político, del trabajo económico eficiente, de modo que sin traumas y de manera ordenada, marchemos con ritmo creciente por ese camino.

A la luz de estos razonamientos, sobre todo a la luz de la realidad de que nuestros campesinos después de la segunda ley de Reforma Agraria quedaron con áreas de tierra que iban desde una hectárea hasta 67, si tomamos en cuenta esas circunstancias especiales, más debemos reafirmarnos en el error que fue el famosísimo mercado libre campesino. Porque, incluso, si vamos a copiar la experiencia de los países socialistas … y no estamos obligados a copiar, muchas veces cuando se tiene el hábito de copiar se cometen graves equivocaciones… Nosotros no teníamos ese mercado; cuyos antecedentes estaban en los países socialistas, pero con una importante diferencia: en los países socialistas los campesinos poseían un cuarto de hectárea, 1 000 metros cuadrados o 2 000 metros cuadrados, no sé lo que tiene exactamente un campesino en un koljós soviético; 2 000 metros cuadrados como máximo, sé que tiene a veces una vaquita, un puerco, seis gallinas. Claro, en 2 000 metros cuadrados se pueden criar 10 000 gallinas, si usted busca el maíz y el trigo de las tierras colectivas. Ya se sabe que en este escenario se pueden criar quizás 20 000 gallinas, y este escenario tiene menos de 1 000 metros cuadrados, por supuesto —unos 30 por 20, por ahí, 600 metros—, se pueden criar 10 000 gallinas ahí si se recoge el grano de las tierras colectivas. También se pueden poner 10 vacas si se saca el pienso de las tierras colectivas.

Pero, de todas maneras, lo que tiene un campesino en la URSS o en otros países socialistas es un pedacitico de tierra; si de allí saca el puerquito y lo vende, o siembra 500 metros cuadrados de papa y la vende, o tiene cuatro árboles de manzanas y las vende, es difícil que se haga millonario, es difícil.

Pero ustedes se imaginan, con el mercado libre campesino —y cuando la cabeza de ajo estaba a peso y un plátano en determinado momento a 60 ó 70 centavos—, un campesino con 50 hectáreas, un campesino con 65 hectáreas, un campesino con 20 hectáreas se hace rico, se hace millonario. Y como ese mercado, realmente, no se puede regular, porque sería una contradicción: “Oiga, le voy a poner el precio, en vez de a un peso, venda la cabeza de ajo a 15 centavos”, ya no es libre el mercado, ya no es libre, el tipo no lo lleva. El tipo va a ese mercado porque gana mucho más. Imagínese un campesino con 50 hectáreas, iba a llegar a tener más dinero que Julio Lobo (RISAS), vendiendo allí en el mercado libre campesino.

Esto es independientemente de que surgió la clase de los intermediarios, independientemente de que surgieron toda una serie de vicios, aparejados a las desmesuradas ganancias, compradera de casas en las ciudades, nuevos ricos que venían y le compraban a un obrero el apartamento que la Revolución le entregó, porque podía tener una necesidad, un problema, y aquel le pagaba 30 000, 40 000 pesos y se acabó, lo que fuera, porque en un solo año se ganaba 30 000 ó 40 000 pesos, e incluso mucho más.

Claro, no eran solo los campesinos. Surgieron otras categorías de gente que parece que se dejaron arrastrar por aquella filosofía del dinero, parecía que una nueva bandera se había levantado en nuestra sociedad: “Hazte rico, hazte rico de cualquier forma, conviértete en merolico, vende caro, roba”.

Algunos felices propietarios de camiones ganaban más de 100 000 pesos al año, mientras el que operaba del corazón en el “Ameijeiras”, un especialista de elevada calificación, que salvaba vidas, recibía una remuneración de 5 000 pesos al año. Así otras muchas cosas que no quiero mencionar.

Hubo individuos aquí que se ganaron en actividades artesanales 300 000 pesos en un año; quiero decir que no fueron solo los campesinos. Había que rectificar, había que rectificar.

Ayer con amargura un cooperativista de Pinar del Río hablaba de que la Empresa Forestal le había llevado los Cooperativistas que ya tenían casa. Es una cooperativa tabacalera, que son tierras no muy ricas. Ellos pagaban un anticipo de 4 pesos, tenían que hacer la doble jornada, es decir, trabajar mañana y tarde, las utilidades no iban a ser muchas, ya tenían un número de casas construidas, y, entonces, en la Forestal ganaban 10, 12, 13, hasta 18 pesos diarios, y a veces trabajaban media jornada. Se les fue un gran número de cooperativistas para allá. Aquella norma suave y los salarios excesivos que no tenían nada que ver con la producción, creaban todo este tipo de trastornos.

Parecía que la Revolución había dado la consigna no de: “Proletarios uníos”, sino de: “Proletarios y campesinos enriqueceos, enriqueceos; denle un adiós para siempre al trabajo voluntario, al espíritu de solidaridad humana”, esa que lleva al hombre al heroísmo, a los mayores sacrificios; ese espíritu que llevó a los combatientes a luchar y a morir bajo la tiranía, en la Sierra Maestra, en el Escambray, en Girón o cumpliendo honrosas misiones internacionalistas. Todo aquello se hizo por espíritu de solidaridad, que es el espíritu más hermoso que puede albergar el corazón humano y el pensamiento humano. Y el otro: “Háganse ricos”, se convirtió en una especie de consigna que empezaba a corromper.

Y, a tiempo, afortunadamente, se atajaron, sin volver a idealismos. No se plantea volver a cometer otros errores del pasado, no se trata de violar la fórmula socialista, se trata de poner coto a aquel espíritu mercantilista que se estaba extendiendo, perfeccionar nuestros mecanismos, usar correctamente los mecanismos, profundizar, sobre todo, en la cuestión de los costos de la producción, abandonar aquella simplista y ridícula idea de que el socialismo se podía construir con mecanismos y sin el trabajo del Partido y de la sociedad, como proceso consciente que debe ser planeado, programado y realizado.

Solo el capitalismo se construye en virtud de mecanismos y de leyes ciegas, en medio, muchas veces, de la mayor anarquía. Sí, vamos a utilizar los mecanismos, pero los mecanismos subordinados al trabajo del hombre y al servicio del trabajo del hombre, y eso requiere esfuerzos, mucho esfuerzo en cualquier sentido. Esa es la razón de ser y de existir del Partido. Es un trabajo duro, de programación, un trabajo de tipo político, de formación de conciencia, de educación; requiere un camino correcto, un camino revolucionario, un camino socialista.

¿Qué íbamos a hacer, creíamos que íbamos a aumentar un poco la producción de esa forma? No aumentábamos nada la producción, y cuando la aumentábamos muchas veces era en detrimento de la calidad y se fueron creando vicios verdaderamente nocivos. Y esto estuvo asociado a otras cosas.

Surgieron los merolicos. Ahora ya se están produciendo muchas más cosas que las que producían ellos, de mejor calidad, y se van a incrementar. Claro, también los mecanismos: producir sartenes no me da ganancias, voy a producir solamente cazuelas y ollas, es más fácil, dan más utilidades y que no haya sartenes. Todas esas cosas que dan trabajo no las querían ya producir las empresas, no las querían planificar los ministerios, no las planificaban los organismos de Planificación; todas esas cosas que dan trabajo y, por lo general, no dan grandes utilidades. “¡Qué va, las saco del mercado, las desaparezco!”

Producir ciertos artículos agrícolas da más trabajo, es más dificultoso, menos ganancias, porque a lo mejor el mago que pone los precios se equivocó; porque los precios los pone un organismo, son hombres que a lo mejor nunca han estado en el surco, y cuando hacen un cálculo de qué se debe pagar por el pepino, le ponen un precio al pepino, otro al tomate y otro al plátano, que no resulten en cada caso los más ideales para ganar dinero y garantizar la producción de cada cosa, cada día, en las cantidades necesarias. Entonces, hay que estar todos los días —como yo decía— como una computadora pensante, no una computadora cualquiera, debe ser una computadora de décima generación, por lo menos, que diga todos los días cuánto debe valer el pepino, cuánto el ají, cuánto el plátano, cuánto el boniato, cuánto la papa, cuánto el perejil y cuánto el guisaso de Baracoa (RISAS), poniendo todos los días el precio para que, en virtud de eso, se movilicen las cooperativas, los campesinos, las empresas estatales y digan: “¡Cuidado, que no siembro mucho más plátano, voy a sembrar guisaso de Baracoa!, o voy a sembrar esta cosa y la otra.” Que, además, todo esto coincida exactamente con lo que se necesita. Y la población, ¿qué espera de las empresas agrícolas? Que le suministre lo que le puede suministrar. No estamos diciendo que suministren trigo, avena, cebada y cosas que no son de este clima, o todo el maíz que se necesita; pero todas aquellas cosas que sí se pueden suministrar, que se suministren.

Se fue creando hábito también de producir solo tres o cuatro productos. Siembro cuatro cosas, no siembro 17, porque 17 me dan más trabajo, más complicación y menos ganancia.

Empiezo una construcción, donde el movimiento de tierra con buldócer, con excavadoras, cargadores, camiones, me da mucha ganancia y no la termino, porque al final tengo que estar poniendo tornillito a tornillito y eso no me da ganancia.

Cuántas cosas hay que combinar, es más difícil que sacarse el premio gordo de la lotería, renunciando a la idea del programa, de las obligaciones de una empresa socialista en que, desde luego, se debe procurar que las cosas tengan un precio asociado al costo y que cada cosa se pague por su valor. Se debe procurar tener el mecanismo de eficiencia, pero no le podemos dejar a una granja estatal que siembre lo que le da la gana, lo que le convenga sembrar. Entonces, reparte prima, premio, qué sé yo, pero no satisface las necesidades del pueblo.

A lo mejor el mes óptimo para sembrar el tomate es enero y la cosecha en marzo, siembra todo el tomate en enero y lo cosecha en marzo; pero, entonces, no hay tomate ni en diciembre, ni en enero, ni en febrero, ni en abril, ni en mayo, ni en junio, ni en julio —si hubiera una variedad…—, porque también crece más la hierba en julio, hay más calor. Se puede llegar a pensar en si vamos a pagarle mejor a ese trabajador en ese mes; se puede llegar a decir: vamos a pagar un precio más alto en ese mes. Pero no hay que dejar que la empresa, espontáneamente, produzca lo que a ella le da la gana.

Porque ocurre lo que ha ocurrido, que mucha gente se ha olvidado de algunos productos, desaparecieron del mercado; y cuando, además, se inventa esa “genial” cosa del mercado libre, en un país donde hay propietarios hasta de 67 hectáreas, estamos completos. Claro que algunas de esas cosas, por las razones señaladas, faltaban y aparecían ahí en esos mercados. Después se hicieron esfuerzos en las empresas estatales: se sembró el ajo, se estimularon los precios a los campesinos y se redujo, de seis pesos a dos pesos la libra de ajo, que ya alcanza casi para todo el año.

Cómo se pueden resolver las necesidades de la población si no se programa, si no se planifica, si el que está allí en aquella administración no sabe lo que necesita la población —y no solo en un mes, sino en los 12 meses del año. Y si se usa la computadora, que puede y debe usarse para calcular y planificar correctamente en todo caso, se use para decirle: Mira lo que necesita la población, calcula bien cuántas hectáreas de cada cosa tienes que sembrar. Y ahora estamos empezando a hacer así las cosas, ¡ahora!

Toda aquella ilusión de que por los mecanismos se resolvía todo, nos había creado todos estos problemas, tanto en producciones industriales como en producciones agrícolas. Es cómodo dejar huecos ahí para que por ellos se introduzca la llamada iniciativa privada, guiada por el afán de lucrar y robar, producir cualquier cosa y cobrarla a cualquier precio. ¿O es que vamos a llegar a la conclusión de que el hombre es un animalito estúpido, incapaz de pensar, incapaz de encontrar medidas prácticas, incapaz de proyectar, incapaz de programar, incapaz de planear?

En estos días, en el Congreso, hemos discutido sobre estos temas y han surgido iniciativas, se aprecia cómo surgen los huertos en casi todos los municipios, para, incluso, no tener que transportar muchos productos de áreas distantes; están surgiendo los huertos en las cooperativas, están surgiendo los huertos en las empresas. ¿Puede o no el Estado producir todos estos artículos?, si se toma un poco de trabajo, de planear, de programar; si se tiene conciencia de que todo el trabajo que se realiza en el socialismo, al revés del capitalismo, no es para la ganancia, sino para resolver las necesidades de la población; y si se emplea el concepto de ganancia, es subordinado a la idea esencial y primordial, que es la de satisfacer las necesidades de la población, y que los mecanismos se adapten a ese principio; pero tales mecanismos no pueden prevalecer sobre el principio esencial del socialismo. Eso es claro.

No creo que haya otra forma, realmente, de construir el socialismo; no tenemos que ponernos a inventar el capitalismo, el capitalismo está inventado hace mucho tiempo y funciona en virtud de sus leyes ciegas, mientras que el socialismo es una tarea del hombre cuando llegó a su madurez, a la mayoría de edad, cuando el hombre se consideró capaz de programar su vida, de programar su futuro. Ese es el esfuerzo que venimos haciendo.

Varios delegados hablaron de que el Segundo Encuentro de Cooperativistas, celebrado hace un año, fue un momento decisivo, histórico; muchos de ellos lo expresaron con gran franqueza: Sí, habíamos cometido errores, de todas clases de errores. Ya no se sabía lo que era una cooperativa agropecuaria: tendencia al cambalache de cualquier cosa; en vez de entregarle los productos a Acopio, se los entrega a la empresa tal para el comedor, la empresa tal le entrega cemento, cabilla o cualquier otra materia prima. Se había producido el fenómeno de cooperativas que se habían convertido en intermediarias, y prestaban su nombre para que un merolico produjera escobas, o cualquier cosa, y las vendiera; cooperativas que ganaban decenas de miles de pesos sin poner el dedo en el producto, que, además, no tenían nada que ver con la agricultura, eran actividades simplemente comerciales; se estaban convirtiendo en cooperativas comerciales. Eso era mucho mejor que sembrar caña, batirse allí con las tareas agrícolas.

Y no fue histórico solamente, a mi juicio, por las cosas que se rectificaron, sino porque de allí salió la decisión de suprimir el mercado libre campesino, sin más dilación. El mercado libre campesino se hubiera podido ir superando mediante más impuestos cada vez, condenándolo a desaparecer. Los campesinos cooperativistas dijeron categóricamente: “¡Hay que suprimirlo!”, y creo que fue un gran servicio prestado por el movimiento cooperativo al país. Se tomó la decisión de hacerlo así, a pesar de los inconvenientes; se le pidió a la agricultura, se le pidió a la Empresa de Frutas Selectas: “Hagan un esfuerzo por llenar ese vacío” —de un día para otro, prácticamente—, y realmente hicieron un gran esfuerzo.

Ahora se dispone de más tiempo, con todos estos huertos, todos estos programas y todos estos planes, para ir suministrando, incluso, sus mercados paralelos —libres también, pero no el libre campesino, pues pertenecen a todo el pueblo, los administra el Estado, no enriquecen a ningún individuo en particular.

Sí, fue una gran cosa, y los resultados aparecieron por ahí en un informe: el acopio del sector cooperativo y campesino en el año 1986 —a pesar de que esa medida se tomó en mayo—, aumentó un 42%, entonces eso se distribuyó por el mercado paralelo o el normal; pero las entregas a Acopio aumentaron en un 42%, a pesar de la sequía y los problemas. Algo más, las entregas de algunos productos, como cerdo, ovino, caprino y todo eso, aumentaron en un 423%. No son cantidades muy grandes, pero como entregaban muy poco a Acopio, aumentaron en un 423% las entregas, después que desapareció el mercado libre campesino.

Porque lo que ocurrió con el mercado libre campesino fue que muchos productos que se entregaban normalmente a Acopio, dejaron de entregárselos para venderlos allí a precios estratosféricos. Eso fue lo que ocurrió, en realidad. Recibían el fertilizante, los demás insumos, lo que tenía que ser para caña u otros cultivos principales se dedicaba a otra cosa, y a vender. Esa fue una de las consecuencias de tal mecanismo: dejar de entregar a Acopio y venderlo allá, en esos mercados libres con participación de intermediarios, etcétera; erradicar esos males fue una de las consecuencias de aquel Segundo Encuentro.

También hubo cambios, que ya venían meditándose desde antes, en el sistema de acopio, la creación de la empresa nacional; se dotó a la agricultura de todos los medios para llegar hasta el último rincón, como nunca antes se había hecho; se crearon estructuras en los ministerios de la Agricultura y del Azúcar —como ustedes conocen— para atender al sector campesino; se crearon los consejos de cooperación agrícola y agroindustrial en el Poder Popular; se tomaron una serie de medidas, en fin, sobre las cuales ustedes manifestaron su satisfacción en este Congreso.

Creo que, realmente, esta consigna de marchar por los caminos correctos la estamos cumpliendo.

Me parece que era necesario hacer un poquito de historia para que comprendamos, para que estemos claros de las cosas que hacemos y las cosas que no hacemos, las que debemos hacer y las que no debemos hacer.

Digo que es histórico el Segundo Encuentro; pero este VII Congreso también es histórico (APLAUSOS), porque estamos pasando a una era nueva en el sector campesino. Del Segundo Encuentro salieron decisiones sobre los materiales de construcción, de empezar a repartir desde el propio año 1986 cantidades mayores de materiales para la construcción de viviendas en las cooperativas de producción agrícola. Fue realmente una gran satisfacción escuchar a la compañera de Holguín, que en el Segundo Encuentro de cooperativistas había planteado que había recibido no sé qué pocos sacos de cemento, y que ahora podía decir que había recibido unas cuantas decenas de toneladas.

Se adoptaron pasos, se crearon mecanismos para llenar lagunas, resolver problemas. Se le planteó al país incrementar todos los materiales de construcción y, efectivamente, se incrementaron esos materiales. Y existe el propósito de construir no menos de 7 000 nuevas viviendas cada año en el sector cooperativo cañero y no cañero. Hay programas también —como ustedes saben— para construir viviendas para los obreros agrícolas, que no quedarán olvidados, y a los cuales se les construirán también casas de placa, siempre que sea posible, para que no haya esa gran diferencia entre el obrero agrícola y el campesino (APLAUSOS).

Este Congreso se preparó muy bien, debemos decirlo. Nos encontramos con un inconveniente serio, que el compañero Pepe tenía problemas de salud; no problemas irreversibles, no problemas fatales, afortunadamente, pero tenía problemas con la voz, con la garganta, y empeoraba cada vez más; tenía que someterse a operaciones quirúrgicas y a largo período de rehabilitación. Llegamos a la conclusión de que era imposible que presidiera estas tareas y continuara ejerciendo su responsabilidad como presidente de la ANAP; no así sus responsabilidades políticas y su responsabilidad en el Partido como miembro suplente del Buró Político; él continuará desempeñando esas y otras tareas. Pero era serio tener que organizar el Congreso sin la presencia del compañero Pepe Ramírez; a pesar de eso, se hizo un excelente trabajo. Recordando que el compañero Lugo era de origen campesino, y que, además, había ganado un gran prestigio como dirigente del Partido en la provincia de Pinar del Río, una provincia de muchos campesinos (APLAUSOS), la Dirección del Partido propuso que presidiera la Comisión Organizadora del Congreso. Se le brindó apoyo, y la Comisión trabajó incansablemente y sostuvo infinidad de reuniones.

Así, llegamos al Congreso con muchas respuestas a muchos problemas. Se recogió una información amplia de todo lo que preocupaba a los campesinos en todos los sentidos, no quedó nada olvidado. Se analizaron y se tomaron decisiones sobre muchas cuestiones, y se llegó al Congreso ya con muchos de estos problemas resueltos —la ventaja que tiene hacer un buen proceso de preparación de un evento de esta naturaleza— y se trabajasen todos esos problemas. Tuvimos oportunidad en el Congreso de ir a las cuestiones, a los problemas fundamentales de todo tipo. Y no solo hubo una buena preparación del Congreso, sino que tuvimos un excelente Congreso. Las horas pasaban sin que nadie se diera cuenta.

Hemos tenido dos grandes eventos en estos días: el evento de los jóvenes, que impresionó a toda nuestra población al ver a la nueva generación, al relevo lleno de vida, lleno de energía, lleno de principios, lleno de conceptos revolucionarios, y con un impresionante nivel de preparación cultural y política.

Los que hemos presenciado este Congreso, nos hemos llevado una excelente impresión del evento, por su seriedad, pero, sobre todo, por el espíritu que se apreciaba en los delegados. También aquí se veía toda la cultura, los grandes avances de nuestra masa campesina, su enorme desarrollo político, su firmeza, su honestidad, su seriedad. No se escuchó en todo este Congreso una palabra demagógica, una tontería. Hablaron decenas y decenas de delegados, y a todos nos impresionaron. Vimos hombres de una experiencia tremenda, verdaderos sabios, verdaderos maestros de la agricultura, brillantes organizadores. Aquí se expresaron numerosas proezas en el campo organizativo y productivo; no fueron unas pocas, fueron muchas. Si este Congreso se hubiera prolongado muchos días, quién sabe cuántos otros ejemplos habrían salido a relucir.

Eso nos dio mucha confianza, mucha confianza en todo lo que nos estamos proponiendo hacer. Y hay que decir, realmente, que este Congreso demuestra que el movimiento cooperativo se ha puesto a la vanguardia de nuestros campesinos (APLAUSOS); se ha puesto a la vanguardia de la transformación de la agricultura parcelaria hacia formas superiores de producción, ya es la fuerza predominante, prevaleciente, que se expresa de mil formas.

Ayer descubrimos el poder de una cooperativa, cuando el Presidente de la cooperativa “26 de Julio” —si mal no recuerdo—, de Banes, de aquel territorio muchas veces árido, seco, nos explicaba sus experiencias, nos explicaba cómo había elevado los rendimientos de la caña de secano, porque allí no hay ni un pozo, de 56 000 a ochenta y tantos mil o 92 000 arrobas por caballería; cómo esa cooperativa demostraba que allí, de secano, en uno de los lugares de menos lluvia del país —en períodos secos que hemos tenido, los últimos años han sido secos, especialmente los dos últimos—, se podían elevar los rendimientos de caña a más de 90 000 arrobas.

Claro que nos hablaron otros cooperativistas, en La Habana y en otras regiones, de cómo habían elevado en secano a 100 000 y a más de 100 000 arrobas; pero me llamó especialmente la atención que aquella cooperativa hubiera logrado esos éxitos agrícolas, los avances sociales alcanzados, las construcciones que habían hecho, desde la casa del médico hasta la tienda y el círculo social; los problemas que habían resuelto y el espíritu con que lo habían resuelto.

Y no dejó de llamarnos poderosamente la atención cómo en esa cooperativa, tomando la idea surgida en la capital y resurgida en los últimos tiempos de las microbrigadas, se les ocurrió utilizar ese principio y construir las viviendas de la cooperativa con plustrabajo, de modo que se comprometieron todos los cooperativistas a trabajar una hora más todos los días y, en consecuencia, liberaron 16 hombres, que son los que están construyendo las viviendas; he ahí la ventaja de un principio, de una buena experiencia. Ahora imagínense lo que pueden construir las cooperativas de producción agrícola con plustrabajo, con el principio de las microbrigadas. No hay que andar buscando gente de las ciudades, de otro lugar para construir las viviendas; tampoco habría que hacer el mayor esfuerzo constructivo en épocas pico, en plena cosecha, en períodos de menos actividad no solo las microbrigadas, las otras fuerzas pueden ayudar en las construcciones, para los programas de desarrollo social del campo. Pueden llegar a construir no solo casas-consulta, pueden llegar a construir escuelas, aulas, círculos infantiles, muchas cosas.

Aquí se pudo ver el poder de una cooperativa, la capacidad de solución de importantísimos problemas que no la podrían tener jamás los campesinos aislados; en el café, en la caña, en muchos cultivos, se demostró cómo la producción agrícola por hectárea se podía elevar considerablemente. Es cierto que aquí estaban cooperativas destacadas, pero ellos demuestran lo que puede hacerse, que es lo fundamental; lo que puede hacerse, lo que tenemos que hacer en la agricultura y la necesidad de hacerlo, entre otras cosas, para impulsar el movimiento cooperativo. Se demostraron cuántas posibilidades existen.

También se ve que después del Segundo Encuentro el movimiento cooperativo ha cobrado fuerza, por ahí están los datos. En todo el año 1986, se incorporaron algo más de 650 caballerías a las cooperativas de producción agropecuaria, y este año, de enero a abril —son cuatro meses—, se incorporaron casi 700. En un cuatrimestre se incorporaron más tierras a las cooperativas de producción agropecuaria que en todo el año 1986. Muchos delegados reflejaron aquí los esfuerzos y los pasos que se vienen realizando para crear nuevas cooperativas.

Este movimiento debe impulsarse, pero no por ello debemos trabajar atropelladamente; debemos ir a un ritmo mayor porque estamos saliendo del estancamiento, pero debemos hacer avanzar este movimiento con mucho cuidado, y sobre bases muy seguras. No haríamos nada avanzando rápido, atropelladamente, cometiendo errores.

Al desaparecer factores que frenaban el movimiento, como era el mercado libre campesino, al adoptarse medidas después del Segundo Encuentro con relación a las ilegalidades que se cometían con la tierra, con relación a formas de aparcería que habían surgido en el campo, formas de parasitismo, de gente que abandonaba las tierras, ocupaciones ilegales, etcétera, todo eso, todos esos factores negativos, todos esos vicios que se estaban entronizando frenaban, lógicamente, el movimiento cooperativo. El movimiento cooperativo debe impulsarse más en los años futuros, como consecuencia del trabajo, no solo de la organización, sino de la mayor atención que con las nuevas estructuras van a recibir las cooperativas de producción; pero también las cooperativas de créditos y servicios. No debemos olvidarnos de las cooperativas de créditos y servicios que tienen todavía un peso importante en la producción agrícola. Será necesario que los organismos del Estado que se ocupan de la agricultura y el Partido, les presten a las cooperativas de créditos y servicios también la mayor atención posible. No se trata de que nos concentremos solo en las cooperativas de producción agropecuaria y descuidemos las cooperativas de créditos y servicios. Hay que seguir trabajando con ellas, atendiéndolas, ayudándolas, en tanto continúa avanzando el proceso de integración de las tierras y del desarrollo de las cooperativas de producción agropecuaria. Esto es muy importante.

No debe quedar olvidado un solo campesino, no debe quedar sin atención un solo campesino, ni debe quedar sin atención una sola hectárea de tierra. Algunos de los problemas habrá que seguirlos profundizando.

Por ejemplo, se hablaba de qué hacer, de esa aparente dualidad entre dos empresas de acopio, se va a seguir estudiando eso; explicamos las funciones de la empresa de Frutas Selectas, funciones especificas, que no podían ser llevadas a cabo por la gran empresa de acopio nacional —las dos son nacionales, pero una es la empresa que tiene el mayor volumen de operaciones; buscaremos fórmulas para evitar contradicciones. Aparecieron algunas ideas, la posibilidad de que cuando se trate de un solo producto de estos que es masivo una sola acopie, y los sobrecumplimientos de planes se paguen al precio diferido. Es decir, la posibilidad de que la empresa de Acopio, en algunas producciones que son masivas, ella misma pague el precio diferencial en los reales sobrecumplimientos de planes, distinguir entre un tipo de producto y otro, crear condiciones que garanticen la cooperación entre esas dos empresas y el cumplimiento de las funciones de las mismas. Vamos a seguir pensando, para perfeccionar ese sistema de acopio, ya que será necesario que continúen funcionando los mercados paralelos.

Los mercados paralelos no solo resuelven la posibilidad de distribuir determinados productos que existen en cantidades limitadas y no hay otra forma de repartirlos, sino mediante precios en este tipo de mercado, sino también son importantes fuentes de recaudación de fondos para el Estado. La existencia de ese mercado es lo que determina que haya un organismo especializado, para poderlo suplir de productos agrícolas, aunque ese mercado no se suministra solo de productos agrícolas de producción nacional, sino también de productos agrícolas importados, o con producciones de la agricultura estatal. Vamos a tratar de evitar, repito, los inconvenientes de cualquier tipo de contradicción entre Acopio y Frutas Selectas.

Discutimos ampliamente las cuestiones del retiro, la jubilación, los problemas que se habían suscitado, las tendencias que se desarrollaron y que dieron lugar a un gasto en los retiros muy superior a los ingresos.

Muchos plantearon la importancia de esa institución y la posible conveniencia de elevar la contribución con esos fines.

Yo expliqué que de todas formas, en las circunstancias en que hay cooperativas con más ingresos y otras con menos ingresos, tendrían que ser muy elevadas las contribuciones, para que pudieran satisfacer los gastos del retiro, y las de menos ingresos se verían más afectadas.

Hay que tener en cuenta que han pasado los años desde el triunfo de la Revolución, que mucha juventud emigró a otras actividades y que la edad promedio de los campesinos avanzó, y explicaba cómo tal vez la solución sea elevar en cierta medida la contribución y el resto resolverlo con aporte del Estado, de modo que pueda consolidarse la institución del retiro.

Explicábamos también que no debemos confundir al cooperativista que recibe el retiro en un momento dado, con el caso en que realmente el objetivo de entrar a la cooperativa era acogerse al retiro.

Hablamos ayer de la posible conveniencia de un fondo estatal aparte para atender esos casos de campesinos que no pueden atender la tierra que, en esas circunstancias, podría pasar a las cooperativas, ayudando a la compactación o a las empresas estatales, allí donde fuera necesario esa tierra. Esa puede ser una solución; pero como todas las soluciones, hay que cuidarla y aplicarla con sabiduría, porque de lo contrario se convierte, en cualquier descuido, en una fórmula para retirar a todo campesino individual que tenga una cierta edad; no se trata de eso, tenemos que asociar este fondo al desarrollo agrícola. Solo en aquellos casos en que realmente es una conveniencia clara, concreta de pagar un retiro para incorporar las tierras a la cooperativa o a las empresas estatales. Por eso debe estudiarse a qué nivel se toma una decisión de ese tipo, para evitar errores, para evitar que se convierta en una institución de caridad pública ese fondo.

También habrá que pensar qué se hace con un campesino que quiere retirarse en ese caso, si tiene familia y quiere irse para la ciudad, si quiere quedarse en el campo; qué atención se le puede dar por la misma cooperativa si sigue viviendo allí, qué posibilidades sobre el autoconsumo. En fin, esas cosas en detalle deben analizarse, preverse y tomarse las decisiones más correctas.

Hemos estado pensando en esas fórmulas para que el retiro de los cooperativistas no se convierta en un instrumento de incorporar tierras o de resolver problemas sociales determinados. Creo que eso quedó claro.

Se han tomado medidas en relación con la vivienda, en relación con los intereses que hay que pagar por la vivienda, la prolongación de los plazos.

Se habló de las reparaciones; quedó claro que se había caído en un exceso de centralización en el uso de las piezas y en la reparación de los motores. Creo que realistamente tenemos que ir a la descentralización que sea posible, hacer llegar las piezas lo más posible a los talleres de las cooperativas; hay que tener en cuenta que las cooperativas tendrán cada vez más personal calificado, mejores talleres, equipos, y podrán hacer muchas de las reparaciones.

Hay que tener en cuenta que la Agricultura se dividió en agricultura cañera y agricultura no cañera, que los talleres que antes existían en todo el país se dividieron, y ahora puede ocurrir que un motor de Guantánamo tenga que venir a Matanzas, o que uno de Pinar del Río tenga que ir a Holguín.

Luego es motivo de quejas cuando se envió un motor y de allí le mandaron otro reparado, pero no es el mismo motor; cuando la reparación no es completa, cuando hay un defecto. Por eso cuanto más pongamos en manos de las cooperativas la reparación de sus máquinas y les demos las facilidades para ello, será mucho mejor, y solo enviar allá a los talleres centrales aquello que no tiene solución posible o que requiere equipos muy sofisticados, personal muy especializado para hacer esa tarea. Esa es una de las cosas que quedó clara.

Se enfatizó la importancia del personal técnico que se incorpore a las cooperativas, y habrá que trabajar en coordinación con los centros de enseñanza superior, distribuir técnicos, ahora los que se vayan graduando; en el futuro esos técnicos del perfil más ancho, como les llamamos. En una cooperativa se ve claro que hace falta un buen ingeniero agrónomo que sepa de cultivo, de suelo, que sepa de maquinaria, que sepa de riego, para que pueda hacer esas tareas. Aquí se demostró cómo esos jóvenes que llevan ya un buen nivel de preparación técnica, trabajando con los cooperativistas aprenden, y aprenden rápido.

Aquí se habló también de cómo se va extendiendo la institución del médico de la familia. Yo estuve viendo unos datos, y ya en las zonas rurales hay más de 300 médicos de la familia, casi todos en las montañas, desde luego, la mayor parte. Hay cerca de 300 en las montañas, y este año se incorporan más de 200. Pudiera decirse que ya a fines de 1987 todas las montañas de Oriente estarán cubiertas con el médico de la familia (APLAUSOS).

Hay ya 40 cooperativas que tienen el médico de la familia; en 10 años más estará en todo el país, todas las ciudades y los campos. Ya se están incorporando 1 500 por año, y a partir de 1988 se incorporarán 2 000 por año.

Quiero que sepan que ningún país del mundo —así, ningún país del mundo— tiene esa institución, tiene esos servicios tan directamente relacionados con la población. Ya se imaginarán nuestros campos, cuando 20 000 médicos estén prestando ese servicio en ciudades y campos. Miles de ellos estarán en los campos y esperamos que estén en las cooperativas de producción agropecuaria. Es lo ideal: la población agrupada con todos sus servicios, con el médico de la familia.

Creo que entonces esa mortalidad infantil que está en 13,6, con ese y con otros programas, entre los cuales están la cirugía cardiovascular infantil —que puede salvar muchas vidas de muchachos que nacen con malformaciones cardíacas congénitas—; los programas de genética prenatal, que permitirán prever precozmente para interrumpir el embarazo en los casos de malformaciones de distintos tipos, no solo cardíacas; y el mejoramiento de los servicios, sobre todo los servicios perinatales en todos los hospitales materno-infantiles —no creo que necesitemos que esté todo el país ya cubierto por el médico de la familia, aunque casi la mitad del país, la mitad del número de médicos que van a trabajar, y les damos prioridad a las regiones campesinas, a las regiones con más dificultades—, posiblemente haya bajado de 10 en cinco años más.

Y algo en lo que creo firmemente: con nuestros programas de salud, que incluyen el trabajo del médico de la familia, con la dispensarización de toda la población, con la atención especial a todos los casos —respiratorios, cardíacos, etcétera—, con la elevación de su experiencia como especialistas generales integrales, los programas de lucha contra el sedentarismo, contra la obesidad, contra la fuma, las esperanzas de vida se elevarán considerablemente. Y hablo de lucha contra el hábito de fumar, sí, aunque le cueste cientos de millones de pesos al Estado socialista; porque el Estado socialista no existe —repito— para las ganancias, no es una entidad comercial, mercantil, no puede buscar recursos e ingresos a base de envenenar la población, de estimular el consumo de tabaco. Es un ejemplo clarísimo de lo que es el Estado socialista.

Una de las mayores fuentes de ingreso son el cigarro y el tabaco torcido; sin embargo, se realiza una campaña intensa para disminuir el consumo de tabaco. Se avanza y esperamos ganar esa batalla, reducirlo al mínimo, aunque signifique la pérdida de cientos de millones de pesos de ingreso cada año. Habrá que buscar otras cosas, inventar otras cosas, producir otras mercancías, entre ellas, más frutas, más vegetales, más artículos industriales, para que ese dinero que no se gasta en cigarro se gaste en otra cosa; claro, eso implica trabajo, esfuerzo. Pero ese es el socialismo, esa es la tarea del Partido, de los organismos de dirección, del Estado socialista, buscar soluciones, quitar por aquí cientos de millones y buscar otras fuentes de ingreso.

Ya sabemos que nuestros campesinos tabacaleros no perderán nada. Exportaremos mientras haya clientes, porque la campaña mundial contra la fuma no nos corresponde a nosotros, les corresponde a la Organización Mundial de la Salud y a otros Estados. No obstante, la apoyamos; allí en Ginebra, sin ninguna vacilación, Cuba apoyó la campaña de la Organización Mundial de la Salud contra la fuma (APLAUSOS). Hay que ser consecuentes con los principios.

Pero, al igual que aquí, venderemos cigarros y tabacos mientras haya quien los quiera comprar, porque no obligamos, no lo prohibimos por ley; en el exterior exportaremos mientras haya clientes.

Sabemos bien que si disminuyen un día, como consecuencia de esta política, las superficies dedicadas al tabaco, produciremos granos, produciremos vegetales, produciremos variados alimentos, y todas esas tierras —que son buenas— y los sistemas de riego que tengamos allí, los dedicaremos a producir otras cosas. Ayer se hablaba, incluso, de las posibilidades de piña en las tierras ácidas del norte de la provincia de Pinar del Río. En fin, clientes hay para todas las piñas que puedan producir; y a buen precio, quizás hasta mejor precio que el del tabaco, porque la población tiene dinero y puede pagar las piñas, y puede pagar los vegetales de verano, todo eso.

Ayer se vio claro que, aun allí donde un día hay que empezar a reducir la siembra de tabaco, hay cultivos más rentables todavía que el tabaco. No sufrirán nuestros campesinos en lo más mínimo con esa campaña, y nuestra población ganará.

Bien, les iba a decir que con todos estos esfuerzos de salud en 10 años más las esperanzas de vida pasarán de los 80 años. Cuando triunfó la Revolución, eran cincuenta y tantos; ya son 74 años, y espero que en 10 años más podamos decir que nuestra esperanza de vida sobrepasará los 80 años (APLAUSOS). ¡Entonces sí tendremos retirados de todas clases y jubilados de todas clases! Saben lo que significará eso, la primera conclusión: que las tierras tienen que producir más, que la productividad del trabajo en el campo debe elevarse; en el campo y en la ciudad, porque pasará lo mismo, en las zonas urbanas, habrá más trabajadores jubilados.

Cada vez habrá un porcentaje menor de trabajadores manuales, en la agricultura y la industria. Es decir, cada vez una proporción menor de trabajadores de la esfera material tendrán que producir para un número mayor, proporcionalmente, de personas que estarán ya fuera de la esfera de la producción material. Es decir, cada hombre o mujer entre los 20 y los 50 años tendrá que producir más, porque cada vez habrá más hombres y mujeres mayores de los 55 y 60 años. Habrá también una proporción mayor de trabajadores en la esfera de los servicios.

Al principio tuvimos que construir muchos círculos infantiles, y todavía estamos construyendo, sepan que las microbrigadas de la capital están construyendo este año 50 círculos, ¡cincuenta!; en otro año más ya la ciudad tendrá satisfecha en lo esencial la demanda de círculos. Quedan 19 000 solicitudes, tenemos a muchas mujeres incorporadas al trabajo y crece su número cada año en muchos casos con un alto nivel técnico. Las microbrigadas también están haciendo policlínicos, escuelas especiales, etcétera.

Después habrá que construir casas del abuelo, círculos del abuelo, hogares del abuelo, etcétera, estamos buscando instituciones racionales. El círculo es para aquellos que caminan y van a un lugar donde se reúnen, almuerzan en su casa, vuelven. La casa del abuelo, si no me equivoco, es otro lugar —hemos inaugurado algunas— al que van por la mañana, regresan por la noche, porque no tienen quienes los atiendan en la casa, pero sí pueden dormir con la familia en la casa; tienen que caminar —ya esas son instituciones un poco más grandes—, pero el caminar es una de las cosas que recomiendan los médicos, forma parte del ejercicio. Y habrá que crecer en el número de instituciones para aquellos casos que no tienen familia, que no les queda más remedio que estar todo el tiempo en un hogar de abuelos. Es decir que en los años futuros tendremos que hacer más instituciones para los abuelos y los tíos, y hasta para los tatarabuelos (RISAS), porque a medida que se prolonga la vida, nadie sabe las necesidades.

Todo esto es resultado del trabajo de la Revolución, de los progamas de la Revolución, que realmente ha traído un enorme caudal de humanismo que se manifiesta en todos los aspectos. No es aquella vieja y grotesca sociedad, donde podíamos encontrarnos a los muchachos descalzos por la calle, pidiendo limosna, sin escuelas, sin hospitales; donde podíamos encontrarnos al mendigo. Tenemos una sociedad sin mendigos. ¿Cuál de esas sociedades capitalistas superdesarrolladas puede decir que no tiene mendigos, o no tiene muchachos descalzos? Tienen miles, y en ocasiones millones de personas durmiendo en las calles, porque no tienen techo. ¿Y cuál puede decir que su población está libre del juego como está nuestra sociedad? ¿Cuál puede decir que está libre de prostitución, o puede decir que está libre de drogas? No, no lo puede decir. ¿O que está libre de analfabetos, o que no tiene a un niño sin escuela y sin maestro, aunque viva allá en el Pico Turquino? Porque es conocido el caso de la maestra en las montañas que recibía su sueldo por darles clases solo a sus cuatro hijos. A qué extremo llegó la atención, ¡a qué extremo!, fíjense que se le paga a una madre que vive en el campo, porque es maestra, para que les dé clases a los cuatro hijos. ¿En qué país capitalista ocurre eso?

Y qué país capitalista desarrollado puede decir que el ciudadano tiene allí al médico al lado en la fábrica, en la escuela, o al lado de los vecinos; o que tiene sus montañas cubiertas con el médico de la familia; o que puede ofrecerle a todo el pueblo el máximo amparo contra la enfermedad de niños, adultos y ancianos, sin excepción, servicios que mejoran por año; o puede decir que todo ciudadano goza de la seguridad social, está protegido de manera total. También se ha trabajado fuerte para que el pueblo tenga la seguridad de que todos los niños cuenten con la posibilidad de estudiar lo que quieran, en dependencia de su dedicación, de su talento.

La Revolución ha traído todo eso, ha estado prolongando la vida, y prolongando una vida saludable; porque lo que importa no es solo que las personas vivan muchos años, sino que vivan bien, que se sientan bien, que se sientan saludables, que se sientan atendidas, que se sientan seguras, que se sientan dignas.

Todo eso ha traído la Revolución, pero eso no se consigue sin esfuerzo, sin trabajo; y conseguiremos mucho más a medida que perfeccionemos nuestro trabajo, a medida que se perfeccione el trabajo de nuestros maestros, de nuestros médicos, de nuestros técnicos de la salud; que se perfeccione el trabajo de nuestros obreros en las industrias, en los servicios, en todas partes, y el trabajo de nuestros obreros industriales y de nuestros campesinos.

Hay que tener presente que lo que se hace no se hace para enriquecer a nadie, sino para enriquecer al pueblo, y que cada cosa correcta que hagamos y cada cosa útil no solo beneficia al que la hace, sino que beneficia a todo el pueblo.

Ayer me llamó la atención la fuerza, la dignidad con que algunos delegados plantearon la cuestión de la explotación de la fuerza de trabajo ajena, la convicción y la firmeza con que recordaban que es inadmisible cualquier forma de explotación del hombre por el hombre (APLAUSOS); la fuerza con que se expresaban contra ciertos hábitos y vicios que todavía subsisten en nuestros campos. Es que hay una moral, hay una ética, hay principios revolucionarios, y esos principios forman parte inseparable ya del espíritu de cada uno de nosotros.

Venimos del pasado, venimos de la oscuridad, venimos de la injusticia en que vivieron durante siglos los cubanos, en que vivieron durante milenios los ciudadanos del mundo, para llegar, por primera vez en la historia, a la sociedad de la igualdad, a la sociedad de la justicia, a la sociedad de la verdadera libertad.

Y estos años no han pasado en balde, estos años se han impregnado en todos nosotros y se reflejan en la actitud de nuestros compatriotas, en su solidaridad nacional y en su espíritu de solidaridad internacional; la expresaron nuestros maestros, nuestros médicos, nuestros técnicos, nuestros combatientes; la ha expresado todo nuestro pueblo en estos años difíciles de amenazas y de peligros, cuando nuestro pueblo como un solo hombre, obreros y campesinos, trabajadores manuales e intelectuales y estudiantes, se movilizaron, se organizaron, se prepararon para defender la patria, para hacerla fuerte, para hacerla invencible, para protegerla de la agresión; porque el mero hecho de ser fuertes como somos ha desalentado a los enemigos, los desalienta y los frena.

No solo en muchos campos hemos avanzado; hubo un campo en el que se hicieron verdaderas proezas en estos años, fue en el campo del patriotismo, en el campo de la preparación del país para su defensa. Y no es poco el premio que se obtiene de esos esfuerzos, si ese premio es nada menos que la paz, si ese premio es la seguridad y la integridad de la patria (APLAUSOS). Grandes recursos, cantidades enormes de materiales, recursos humanos y financieros se consagraron a esta tarea, entre los esfuerzos realizados por nuestro país. Y en los últimos tiempos hemos hecho también el necesario, el oportuno esfuerzo de rectificar errores, de luchar contra tendencias negativas.

Nos satisfizo mucho ver la apreciación de ustedes acerca de las cosas positivas que se han hecho durante el último año.

En semanas próximas volveremos a reunirnos también con las empresas, con los dirigentes de las empresas, los secretarios del Partido, del Sindicato y de la Juventud en cada empresa, para analizar, del mismo modo, qué se ha hecho en este último año en la rectificación de errores y la lucha contra tendencias negativas, para hacer un recuento de lo que se avanzó y de lo que no se avanzó, y lo que debemos hacer en los años futuros.

Creo que realmente vamos marchando por el camino correcto; pero cuando se quiere marchar por el camino correcto no se pueden cometer descuidos, porque ocurre como al conductor que va por una carretera a determinada velocidad y cierra los ojos, o se duerme, o empieza a hablar con el vecino. Hay que estar muy atentos a la vía que seguimos. No podrán resolverse los problemas de un día para otro, todo requiere tiempo y, sobre todo, requiere de la eterna vigilancia, y no dormirnos nunca sobre los laureles; ustedes, campesinos, conocen aquel dicho de que al camarón que se duerme se lo lleva la corriente.

Creo que para nuestro país aún hay momentos difíciles, circunstancias difíciles. Este es un año difícil, no necesito repetir los argumentos de las dificultades que hemos tenido que vencer, de la necesidad de reducir las importaciones de área convertibles a la mitad del año anterior y prácticamente a un tercio de lo que se importaba en el año 1984, lo cual creo que está también impulsando nuestra conciencia de ahorradores, nuestra conciencia de la necesidad de utilizar mejor los recursos materiales, los recursos humanos, en todos los sentidos; lo que yo llamo las virtudes que florecen en las épocas de vacas flacas. Creo que estamos aprendiendo a ahorrar mucho más nuestros recursos.

A pesar de todos estos obstáculos, vamos marchando y vamos resolviendo problemas; con algunos sacrificios, pero no han sido en definitiva grandes. No hemos sacrificado el desarrollo, que es lo más importante. Seguimos construyendo la nueva refinería de petróleo, y ampliando otras, la central electronuclear, las grandes plantas de níquel, de la industria mecánica, de electricidad, etcétera. Nos proponemos poner a plena capacidad nuestras instalaciones textiles, grandes instalaciones que hemos construido en años recientes, para las cuales disponemos de la fuerza de trabajo, de la materia prima.

Trabajaremos en la ciudad y en los campos. Creo que nuestros campos tienen magníficas perspectivas de continuar cambiando, de continuar revolucionándose. Hay programas como el del trabajo en las montañas, la recuperación de la producción cafetalera, el desarrollo de las zonas montañosas.

Estamos recuperando la voluntad hidráulica que años atrás se había perdido, porque habíamos caído en el vicio de hacer presas que empezaban hoy para terminarlas en 20 años; 20 años enterrando cemento, piedras, ladrillos, combustible, trabajo, sin sacar nada. Se está enderezando todo eso, viendo la construcción como un proceso de producción continua. Se harán las presas grandes en dos años, en tres años, como se hicieron en un tiempo, con sistemas de riego; se construirán presas medianas, micropresas. Buscaremos recursos para extender por el país lo que estamos haciendo en Viñales y otros lugares, lo que estamos haciendo en Pinar del Río, que ya recuperó esa voluntad hidráulica; se trabaja por recuperarla en las provincias orientales, y creo que en dos o tres años más estará plenamente restablecida la voluntad hidráulica, con sus recursos, con los criterios correctos, para que no quede un solo arroyo, una sola posibilidad de riego que no la aprovechemos. En estos años secos se comprende todavía mucho mejor la necesidad de utilizar esos recursos hidráulicos. Esperamos que dondequiera que haya una posibilidad de ese tipo en el país, la utilicemos.

Esperamos que se continúen llevando adelante los planes de viviendas, que construyamos cientos de modernas comunidades en nuestros campos; que parejamente con el desarrollo cooperativo vayamos construyendo nuevos y nuevos pueblos, donde existan las condiciones de vida más decorosas para nuestros campesinos.

Esperamos que un día se simplifique todo este trabajo de acopiar, contratar, arreglar, que un día los centros de acopio, de recepción de los campesinos, sean unos pocos miles, 2 000 ó 3 000, o menos, y los insumos se lleven a esos 2 000 ó 3 000 lugares, y los recursos de todo tipo. Esperamos que todo eso en el futuro se simplifique, para que podamos decir: hemos culminado ya la revolución en nuestros campos, y lo hemos hecho de manera correcta, persuadiendo y ganándonos la voluntad de los campesinos.

También esperamos seguir impulsando la electrificación de nuestros campos. Quiero que sepan que de ahora a 1990, un millón de personas de las áreas rurales recibirán electricidad, principalmente en las provincias orientales. Existe un programa de colocar las líneas eléctricas, los transformadores, y elevar los niveles de electricidad del país hasta el 90% de los núcleos familiares, ¡hasta el 90%! (APLAUSOS)

Avanzará rápido la electrificación de los campos; claro, no para llevar la electricidad a los lugares aislados, sino a todos los pueblecitos, aldeas, comunidades, en los llanos y en las montañas. A más de 500 lugares en las montañas hemos llevado las plantas eléctricas, de un plan que se hizo de tres o cuatro horas de electricidad cada día —no sé si hoy estarán oyendo esta clausura allí en los campos—, por lo general, pero se enciende a las 7:00 y se apaga a las 11:00. Con los programas de minihidroeléctricas pensamos que puedan tener electricidad muchos lugares todo el tiempo.

Con estos programas de electrificación, pensamos que muchos de esos lugares que tienen las plantas eléctricas hoy, reciban la electricidad del Sistema Nacional y puedan disponer de ella las 24 horas del día; aunque tener electricidad cuatro horas es algo y permite ver la televisión allí en el círculo, y tener luz en las primeras horas de la noche, no es suficiente electricidad para tener la plancha, el refrigerador, la batidora y todo eso, porque la capacidad es limitada. Pero, repito, en los próximos cuatro años, un millón de personas más tendrán la electricidad las 24 horas, un millón de personas residentes en nuestros campos, es decir, obreros agrícolas y campesinos, ¡un millón! (APLAUSOS)

Sabemos que en las regiones orientales hay un porcentaje menor de electrificación y allí estamos haciendo el esfuerzo principal. Ya están organizadas las brigadas que van a tender las líneas; tenemos programas para adquirir o producir los transformadores que necesitamos para cumplir este programa y, sobre todo, dar un impulso mayor en 1988, en 1989 y en 1990; será otro éxito y avance de la Revolución en breve período de tiempo. Y digo que así, llevando la electricidad del Sistema, ya podrán tener en muchos sitios todos los objetos electrodomésticos famosos.

Escuchamos de muchos delegados explicar cómo en muchas cooperativas tenían de todo, desde televisor, hasta refrigerador, lavadora, de todo eso. Tendremos electricidad, y cuando las plantas electronucleares empiecen a trabajar, tendremos electricidad, incluso, para cocinar; en muchos lugares no hará falta ya el queroseno, gas de un tipo o de otro, y se podrá cocinar con electricidad. Soñamos con ver nuestros campos transformados.

Los tiempos pasan fácil y muchos de nosotros tenemos muy vivo en la memoria lo que eran nuestros campos y lo que son hoy nuestros campos; pero, sobre todo, nos complace pensar en lo que serán nuestros campos, en los llanos y las montañas sembrados de empresas agrícolas altamente tecnificadas, sembrados de cooperativas altamente tecnificadas, sembrados de comunidades modernas.

No pasará tanto tiempo, quizás una gran parte de esos objetivos los alcancemos antes de finalizar el siglo; una gran parte, no voy a decir todos. Quedan 13 años; si trabajamos bien, se puede adelantar mucho. En este último año hemos trabajado bien, en el movimiento cooperativo y en la atención a la agricultura campesina hemos adelantado.

Propongámonos trabajar bien, óptimamente los próximos 13 años, y veremos cuánto cambian nuestros campos, cuánto van a producir nuestros campos; y no de una manera capitalista sino de una manera socialista, de modo que los obreros que producen los zapatos, la ropa, los medicamentos, el transporte, la electricidad, el cemento, la cabilla, todos esos artículos que ustedes necesitan para mejorar sus niveles de vida, puedan recibir de los campos todo lo que necesitan en las cantidades adecuadas, y que no les falte ni una sola hierbita de las que ustedes puedan producir como elemento complementario de las grandes producciones.

Entonces tendremos un problema: ¿Cómo le llamaremos a la ANAP? No sé si ustedes habrán pensando en eso; pero yo, que creo en todas estas cosas que estoy diciendo, como antaño creí en otras que hoy son realidades, me pregunto cómo se llamará la ANAP, porque ya no será Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, ni en tierra ni en tamaño. Entonces resolveremos ese problema, y quizás se llame ANAC u otro nombre; ustedes pueden hasta hacer un concurso, incluso. Yo decía, por lo menos, y para empezar, podrá ser Asociación Nacional de Agricultores Cooperativistas (APLAUSOS). Ese es un problema dialéctico que habrá ya que plantearse, no sé si para el octavo o tal vez para el noveno congreso; pero antes de fin de siglo ustedes tendrán que resolver ese problema, fruto también del avance.

¡Ya ven cómo no podemos acostumbrarnos a los nombres, ni siquiera a los nombres, porque todo cambia!

Les expreso, compañeros, para finalizar, nuestra emoción, nuestra satisfacción, nuestro entusiasmo por el Congreso. Nos quedamos optimistas, contentos, y experimentamos una absoluta seguridad de que habremos de alcanzar los objetivos que nos proponemos.

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

(OVACION)

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