Agroecología y producción de alimentos en Las Tunas: tres historias de mujeres

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Vidalina, Martha y Georgina son la máxima expresión de la mujer campesina de este siglo. Ellas saben de color, sabor, textura, olor de los productos alimenticios; saben si la semilla no es buena o si el agua no puede ser usada, cuándo sembrar y cuándo no hacerlo. Saben que la naturaleza es un premio maravilloso y no puede ser despojada, ni atropellada. Respetan y aman la tierra como a su propia sangre. La variabilidad climática necesita de productores que ayuden a sanar los suelos y ellas, las tres, colocan su magia y saberes, en pos de seguir dando y fortaleciendo la vida.

LA TIERRA LO DA TODO

vidalina campesinas alimentos LasTunas2020La finca es su imperio y ella así lo siente. Bien pudiera contarse allí la historia de su familia, pues les pertenece desde los años 20 del pasado siglo. Los aires del lugar son innegables: huele a prosperidad, a pasión por la vida en el campo y también a la responsabilidad de romper antes del alba con las faenas diarias sin importar que haya viento o lluvia.

Vidalina Ferrás López nació y se crió en aquellos predios, en la propiedad La Rosa, ubicada en El Yarey de Vázquez, municipio de Puerto Padre. Todavía asombrada nos cuenta que ni ella misma sabía que le gustaba tanto producir. El destino la llevó por otros rumbos y durante muchos años trabajó en la talabartería de la Villa Azul, pero urgencias familiares le hicieron volver a donde todo comenzó. Ahora siente que se levanta cada día en el lugar exacto donde quiere estar.

“Mi papá falleció hace muchos años y mi mamá se quedó al frente. Al morir ella vine a ayudar a mi único hermano varón, porque tenía problemas de salud y debía operarse; pasó el tiempo y me quedé. Esta tierra ha pasado de generación en generación, ahora yo la represento, pero luego le tocará el turno a mi nieto o a mi sobrino y así, sucesivamente. La tierra es el eslabón primario de todo, sin ella no hay alimento”.

La finca pertenece a la cooperativa de créditos y servicios (CCS) Otilio Díaz y es agroecológica diversificada. En ella se pueden encontrar todas las viandas, algunas hortalizas, frutas y granos. Como áreas permanentes tiene tres hectáreas de frutales, el plátano y el palmiche para la comida de los cerdos y carneros. El boniato, además de alimento humano, garantiza el rejo a sus conejos y la caña la disfrutan gallinas, guanajos y cuanto animalito corretea por el patio de la casa. La yuca también hace lo suyo al convertirse luego en crema de vie y en la harina para los dulces de la merienda. Igualmente crecen por estos lares maíz, ají, cebollín y ajo.

“Orgánicamente se puede cultivar y con las prácticas agroecológicas de manera sostenida mis sembrados no se infestan mucho. Ya tengo experiencia en el uso de los sembrados intercalados, en las barreras vivas y en la siembra de plantas que actúan como repelentes; a la vez siembro flores que atraigan la atención de las abejas y los insectos. Al cebollín que estoy cultivando ahora solo le he aplicado dos veces el Enerplan, que es biológico, y no se ha enfermado.

“El aceite que usamos lo extraigo del ajonjolí que siembro, es una frutica bien pequeña, pero es la que más rinde. Un quintal de ajonjolí proporciona de 18 a 20 litros de aceite. Se le conoce en el mercado internacional como aceite de sésamo, contiene los tres omega y es muy sabroso, lo consumimos natural sin hacerle ningún proceso. En este momento produzco casi todo lo que necesito, excepto el arroz. Creo que sí, que una puede sembrar cuanto requiere para el consumo familiar. La tierra lo da todo si uno lo sabe pedir”, dice tranquila.

La conservación de las frutas fue algo necesario, la propiedad tiene 14 hectáreas y una brigada de cinco obreros que son jubilados. Garantizar las meriendas el año completo era complejo, porque las frutas se cultivan por temporadas. “Yo hacía pulpa, pero no siempre se preservaba, hasta que en el 2012, gracias al proyecto PIAL, cursé un taller en La Habana. Allí descubrí que no hacía un correcto esterilizado de las botellas.

“Ahora estoy feliz con mis conservas, tengo la merienda asegurada para los trabajadores y cuando viene una visita puedo ofrecerle un buen refresco natural en cualquier época. Mi sueño es tener algún día una minindustria y un local donde comercializarlas”.

Un proyecto la ocupa ahora y es la creación de un espacio cuyo destino sería la conservación de granos, lo cual beneficiaría a la totalidad de los integrantes de la cooperativa, que deben esperar que las semillas vengan de otros lugares. La idea seguramente florecerá, como todo lo que crece en sus campos.

CONSERVANDO EL FUTURO

Gerogina campesinas alimentos LasTunasDespués de las 5:00 de la mañana no hay fuerza capaz de mantener a Georgina Martínez Turruelles bajo las sábanas. El gallo comienza su cantío y ella ya tiene los pies bien puestos en la tierra, porque dirigir la CCS Justo Bruzón de la localidad de “Jesús Menéndez” y coordinar su programa de conservación de semillas no es cosa de juegos.

Su mayor orgullo es la cámara de conservación de semillas, también la causa de algunos desvelos. Fue la primera que existió en la provincia, hace más de tres años, y es la niña de sus ojos. Les ha reportado un beneficio económico considerable, que han podido emplear en la reparación de la infraestructura de la cooperativa, el pago de salario a trabajadores y la estimulación a productores destacados.

La idea surgió a partir de una escuela de aprendizaje rural en acción, en la que convocaron a productores de granos. Al analizar la situación concreta de la región, se percibe que el proceso desde que el campesino solicitaba la simiente hasta que la tenía en sus manos demoraba unos 15 días. En cambio, ahora las tienen a su disposición en el momento de la etapa óptima de siembra, sin tener que trasladarse largas distancias para obtenerla.

Nos explica que “está beneficiada manualmente, cada finca guarda entre dos y 10 quintales”. La cámara tiene una capacidad de hasta 450 quintales, el 50 por ciento de la semilla que se utiliza en “Jesús Menéndez” para la campaña completa del frijol. Se logró con financiamiento de Oxfam, el PIAL, así como fondos propios de la cooperativa y la colaboración de Cubasolar.

Gina, como todos la llaman, tiene la mirada inquieta y le nace un brillo especial cuando habla de este proyecto que le facilitó el trabajo a muchos. Actualmente 10 productores suministran la semilla y tres ingenieros agrónomos de su colectivo son los encargados de visitar las fincas y certificar la calidad de la muestra. Las normas técnicas estipulan que no puede haber mezcla varietal, deben ser cultivos sanos y utilizar medios biológicos en los sembrados, en aras de una mejor conservación y de proteger la salud de los futuros consumidores.

“Cuando llega la etapa de la cosecha se alista la cámara. Primero se fumiga con un preparado de nim para evitar que los insectos la invadan, colocamos las semillas tres horas en el secador solar y luego utilizamos el detector de humedad para verificar que tenga la requerida. A continuación, se coloca en la cámara y  ponemos a funcionar el deshumificador que le extrae la humedad que la propia cámara genera. Cuando está lista para extraer, hacemos la prueba de germinación y comprobamos que se ha conservado exitosamente y está apta para sembrar.

“Al iniciar la cosecha del frijol caupí en los meses de abril y mayo y aún no hay semilla para conservar, utilizamos la cámara temporalmente para proteger el grano que se comercializará. De este modo si tarda el proceso de venta, recogemos el de todos los asociados, lo pesamos, lo guardamos y cuando la empresa compradora está lista, lo transportamos y el campesino no corre el riesgo de que un renglón tan susceptible se dañe”.

Los saberes del Centro Universitario Municipal de “Jesús Menéndez hicieron su magia en esta empresa. Se encuentra dentro del plan de desarrollo local del municipio con la intención de ampliar la cámara y hermetizarla, y de esta forma garantizar la seguridad ante el impacto de un evento climatológico. Aspiran en el futuro a poder certificar las semillas.

Georgina habla de agradecimiento y de retos, también de lo pendiente. Aún tienen la deuda del alto consumo eléctrico, por lo que el próximo paso es gestionar que funcione con energía solar. “Si lo logramos podremos mantenerla trabajando el año completo y conservar otras semillas botánicas como el tomate, la calabaza, el pepino, el melón y diferentes granos”.

“Para mí es un orgullo lo que estamos haciendo. Cuando uno sueña un proyecto y lo ve materializado le satisface, más si eso beneficia a muchas personas. El sentido de pertenencia aumenta con estos resultados y crecen nuestras aspiraciones. Sueño con que haya más ideas como esta que se reviertan en mejoras para los asociados y asociadas”, concluye.

LAS POSTURAS DE MARTHA

Martha CCS Manati agricultura LasTunasSi un hombre machista escribiera estas líneas probablemente dijera que Martha Orcell Adeis es una mujer “con los pantalones bien puestos”, “de pelo en pecho” y quién sabe cuántas cosas más. Algunos de los que están bajo su dirección en la CCS Gonzalo Falcón del municipio de Manatí  piensan, aunque no se atrevan a decirlo en voz alta, que es demasiado imponente, probablemente porque no se anda con rodeos, llama a las cosas por su nombre y hace cumplir a “rajatabla” lo correcto, lo que es mejor para todos.

El colectivo la respeta y sus méritos hablan de lo incansable de su espíritu, aunque los años no pasan por gusto y toda una vida de sacrificios aflora en sus ojos. Aún recuerda cuando cerraron el central Manatí y desintegraron la unidad básica de producción cooperativa (UBPC) Mártires de Manatí en la que se desempeñaba como presidenta. De pronto se quedó sin empleo y tuvo que incorporarse a la Tarea Álvaro Reinoso, en la que cobraba un salario mínimo por estudiar, iniciativa que protegió a miles de obreros tras el cierre de muchos centrales en Cuba.

Siempre fue humilde, muy joven debió dejar los estudios para apoyar la economía familiar. Pelotones de combinadas y un taller de maquinarias supieron de su energía joven, pero todo eso fue antes de su paso por la “Mártires de Manatí”. La “Álvaro Reinoso” la devolvió a las aulas y el impulso fue tal que ingresó en la Universidad y se graduó de ingeniera agropecuaria.

En el 2012 graduada y ya con cierta experiencia, le proponen dirigir la “Gonzalo Falcón”, lo que impuso nuevos obstáculos. “Ser mujer dirigente en ese momento era muy difícil, ahora eso ha cambiado bastante; pero tuve que enfrentar muchas dificultades y no aceptaban lo que yo decía. La CCS es compleja, porque cada finca es una empresa y aún hay campesinos que están en desacuerdo conmigo constantemente, aunque tenemos buenos resultados”, comenta.

“La llegada del proyecto Apocop fue muy importante para nosotros, teníamos algunas deficiencias y limitaciones, hemos ido superando eso. Hoy logramos un gran impacto en la comunidad, que es lo que se espera y producimos diariamente entre 300 y 400 litros de leche, cuyo destino es la población de Manatí. En lo personal era muy poco comunicativa, tenía miedo escénico y a través de las capacitaciones he podido vencerlo”.

Una casa de posturas distingue a la CCS. Su objetivo es producir posturas de hortalizas para la alimentación del municipio y a la vez emplear mujeres de la comunidad que nunca habían laborado fuera de sus hogares. Como ellas mismas aseguran, ahora son otras, piensan diferente, se han empoderado y tienen más independencia económica.

Desde allí expenden sus productos a las 12 cooperativas de la comarca, a la comunidad, las áreas suburbanas y la Agricultura Familiar. En este instante tienen 155 mil posturas dentro de su perímetro y otro tanto en las áreas aledañas. La demanda es creciente y en un día una sola productora puede llegar a vender más de cuatro mil 500 pesos.

“Hemos tenido posturas de diferentes variedades de ajíes y tomate, fundamentalmente. Cuando no es tiempo de semilleros aprovechamos el espacio en la siembra de lechugas, tomates y otros cultivos. En las áreas exteriores disponemos de hortalizas que vendemos a la población y a centros priorizados como los hogares de ancianos y de embarazadas. Aspiramos a tener un lugar de honor en la provincia, porque en Manatí ya lo tenemos.

“Sueño con nuevos logros, cuando comencé era casi yo sola y ahora somos más mujeres en diferentes frentes, lo que hace más fácil el diálogo con los productores, entre los que predomina aún el machismo. Tenemos algunos recursos para impulsar un vivero tecnificado de frutales y ya se producen las posturas para ese proyecto. Todo esto me motiva mucho por su belleza e importancia y quiero que no se pierda, sino que se mantenga así”.

Han transcurrido varias décadas de la lucha por la tierra en nuestro país, de cuando se habló por vez primera de reforma agraria, de derechos individuales y de que la tierra tiene que ser de quien la trabaja. Hoy los problemas son otros y el reto es asegurar la alimentación de millones, con un medio ambiente dañado y un clima que cambia aceleradamente.

Volver los ojos al campo ha sido una dura lección que hemos aprendido, particularmente en Las Tunas, donde son mayores en extensión las zonas rurales, pero el promedio de precipitaciones se redujo de mil 126 milímetros anuales a mil 038 y la tendencia es a continuar disminuyendo. El 80 por ciento de sus suelos ha sido declarado entre poco productivo y muy poco productivo, lo que obliga a incorporar la ciencia y la innovación en aras de que el territorio sea, como necesita la nación, líder en la gestión de la seguridad alimentaria.

Más de un centenar de proyectos se desarrollan y resultan célula fundamental en experiencias que ya rinden sus frutos, como las fincas agroecológicas, la creación de variedades más resistentes a la sequía, el agroturismo y la utilización de fuentes renovables de energía. En cada uno de ellos sobresale el papel de las mujeres campesinas, quienes organizan su cotidianidad de otra manera y garantizan que cada bocado llevado a la mesa lleve nutrición, salud, fertilidad y satisfacción.

Textos: Elena Diego Parra.

Fotos: István Ojeda Bello