Antonio y su gran obra acabada

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Dijo José Martí que “cada cual al morir, enseñará al cielo su obra acabada, su libro escrito, su arado reluciente, la espiga que segó, el árbol que sembró. Son los derechos al descanso. Triste el que muera sin haber hecho obra”.

Y quizás por esas razones, Antonio se fue tan tranquilo, con una gran obra acabada que dejó de herencia a sus hijos: su ejemplo.

Hombre sencillo, con una humildad que penetró hasta sus huesos, quiso como nadie a su familia y a la tierra y vivió consagrado a esos dos grandes amores.

Nació por 1925, en tiempos en que la instrucción en Cuba era un lujo que no podían darse los pobres, por lo cual siendo aún un “pichón” de 11 años, ya acompañaba a su padre en su finca de Las Cruces, en San Luis, Pinar del Río, a sembrar, regar, escardar, deshijar y recolectar tabaco, entre otras faenas inherentes al cultivo, del que se enamoró y dedicó hasta su último aliento.

Después del triunfo revolucionario que dignificó al campesino, se hizo famoso, pues fruto de su constancia, alcanzó un 59 por ciento de las capas que revisten a los reconocidos puros cubanos, ocasión en que de la noche a la mañana perdió su apellido, pues la gente comenzó a nombrarlo Antonio 59 por ciento.

Profesó a su familia infinito amor y en especial a sus dos descendientes, a quienes les mostró el camino para llegar a ser personas de bien y les enseñó a ser honestos, solidarios, a amar al prójimo, a andar la vida de la mano de la modestia y a empinarse en tiempos de adversidad, entre otros tantos valores.

Querido y respetado en toda la comarca, extendió la mano a todo el que tocó a su puerta, sobre todo a quienes llamaba los morenos de la sabana, familias que en pleno batistato no tenían alimento que llevar a la boca.

A cada triunfo de sus hijos afloraba su orgullo de buen padre, sobre todo cuando la mayor de su cría concluyó con éxito sus estudios superiores en la Universidad de La Habana. Entonces solía decir…la Revolución es grande.

Y durante los varios años de lucha contra el cáncer, nunca dejó de, con mucho trabajo, ir hasta la vega en las mañanas y sentarse en la guardarraya, desde donde dirigía a su tropa, hasta que un mal día no pudo hacerlo.

Y entonces, tras el beso de sus hijos y esposa, partió aquel 30 de junio tranquilo Antonio Padilla Valdés, mi padre, el mejor de los padres, con su arado reluciente, la espiga segada, su árbol sembrado y con su gran obra de infinito amor realizada, lista para mostrar al cielo.