¿Producir todos los alimentos que necesitamos con la misma economía, las mismas estructuras y haciendo lo mismo?

cuba-agricultura-580x330

Se suele entender como el sector primario de la economía al que extrae o cosecha productos de la tierra, como materias primas y alimentos básicos. Las actividades asociadas con esta economía primaria incluyen fundamentalmente a la agricultura, la silvicultura, el pastoreo, la caza, la recolección y la pesca.

Refiriéndonos a la componente agroalimentaria de este sector primario, una primera aproximación capitalista de nuestros problemas con las escaseces sistémicas que padecemos no requiere de pensamiento abstracto y mucho menos de trabajo científico para resolverlo. Con solo usar la oferta y la demanda, dejando que los precios sean los que determinen el acceso a los productos alimentarios y usando un dinero que tenga capacidad liberatoria ilimitada ya llenamos nuestros mercados de productos.

Eso fue exactamente lo que hicieron cuando los experimentos socialistas de la antigua URSS y los demás países de Europa del este se “desmerengaron”, como gustaba decir Fidel. Entonces se alimentó el que pudo, y comió muy poco y mal el que no. Ya se sabe que esto conduce inevitablemente a una acentuación de la aparición de clases sociales diferenciadas en el país, dando así al traste con mucho de lo bueno que ha logrado la Revolución. Puede que aparezca también el hambre verdadera para los más endebles, la que mata personas, aun en presencia de una aparente abundancia de alimentos. No hay que ir muy lejos en nuestro continente para ver ejemplos de la forma en la que esto funciona. Ni hablar de las consecuencias éticas de promover el egoísmo y el “sálvese el que pueda” como ley de supervivencia. Se trataría de una “solución” de apariencias que crea más y más injustos problemas que los que resuelve.

Pero somos un país culto, que hemos votado mayoritariamente por el socialismo en una nueva y reciente Constitución, con una población que exhibe un alto grado de escolarización. Nos enorgullecemos también de nuestra ciencia que siempre está lista para resolver nuestros entuertos. Tiene que haber vías para lograr que todos los cubanos puedan llevarse a la boca un buen alimento, todos los días y según sus preferencias de calidad y cantidad y con justicia social.

Según el Ministerio de Agricultura, nuestro país dispone de unas 6 300 000 hectáreas de tierra cultivable. Las empresas estatales y las antiguas UBPC gestionan alrededor del 54 %. Sin embargo, en términos de las estadísticas disponibles solo producen alrededor del 20 % de lo que se comercializa para abastecer nuestra población. Los productores privados con un 38 % de la tierra producen casi el 80 % de todo lo que se reporta que produce Cuba de alimentos. Entre los productores privados tenemos en estos momentos casi medio millón de “finqueros”, o personas que operan parcelas de tierra cedidas en libre usufructo por el estado cubano con casi 2 000 000 de hectáreas. Estas fincas siempre tienen o sobrepasan las 13 ha. Es opinión compartida por muchos que este componente de pequeñas parcelas puede producir aún muchos más alimentos.

Contrastemos con un ejemplo internacional interesante como es el caso del Principado de Asturias, en España. En un área productiva cercana a las 460 000 ha en 2008, una gran parte montañosa, la tenencia de la tierra promedio era de unas 11 ha por granja. Por esa época producían 118 millones de euros en carne y 195 millones en leche al año.

Se hace evidente un problema de baja productividad en nuestro uso de la tierra. Según el sistema de planificación y gestión actual, es la empresa estatal la que recibe los recursos verticalmente del estado central y se encarga de “atender” a los pequeños productores privados distribuyéndoles lo que puedan requerir. Esos recursos se asignan muchas veces de acuerdo con ciertos “paquetes tecnológicos” nacionales que pocas veces llegan al productor en el momento adecuado y en cantidades suficientes. Los pequeños productores no tienen acceso directo legal a casi ningún recurso. La contradicción y las nefastas consecuencias de caldo de cultivo para la corrupción y la improductividad no tienen que explicarse, pues sería ofender la inteligencia del lector. ¿Es tan complejo que un productor agrícola compre en una tienda especializada lo que necesite y cuando lo necesite, ni más ni menos, lo mismo sea una gran empresa o un pequeño propietario?

De cualquier forma y dentro de estas contradicciones, afortunadamente se puede establecer claramente que la población rural del país que trabaja la tierra ha invertido completamente el patrón prerrevolucionario y ha pasado de ser una clase hambreada e ignorante a una situación en la que alcanza niveles de vida, oportunidades de superación y cultura apreciables y seguros.

La cara complementaria de este paisaje está en el consumo. En las condiciones imperantes antes de la crisis del COVID 19, los mercados de alimentos en las ciudades mostraron las deformaciones típicas de una situación de libre oferta y demanda en su peor versión. Legal o ilegalmente, unas minorías con ingresos marcadamente superiores a las mayorías estaban en condiciones de pagar por los alimentos unos precios que al cambio oficial eran irrisorios con respecto a las monedas libremente convertibles del extranjero que circulan en forma de CUC. Pero, al mismo tiempo esos precios eran inalcanzables para el cubano promedio. Eso permitía que producciones menores que las necesarias para abastecer a todos pudieran situarse en el mercado minorista a precios bien pagables para minorías y que garantizaban ingresos satisfactorios para los comercializadores. Eso obligó a “topar” los precios con la inevitable consecuencia de escaseces y baja calidad en lo que quedaba para las mayorías.

La contradicción de “ser o no ser” se hace evidente. Tenemos productores con reservas de eficiencia que no se pueden aprovechar por una distribución inadecuada de los recursos. El mercado de consumo cuya demanda es más rentable se suple con relativamente pocas cantidades para sectores poblacionales que pueden pagar altos precios. Una buena parte de las utilidades de ese mercado se quedan en el comercializador, sea intermediario o vendedor directo, empleado o no de empresas estatales, y así quedan alienadas de los fondos públicos. Irónicamente, todo está originado por una dogmática y rígida gestión económica desde el estado. ¡Y los resultados nos conducen a una fórmula característica del capitalismo salvaje!

Esta breve panorámica de algunas contradicciones en la gestión del sector primario agrícola y su contexto en la integralidad del paisaje económico del país invita a varias reflexiones. Una evidente sería que dentro del esquema socialista tenemos que gestionar este sector con herramientas económicas más efectivas, sin temor a etiquetas de capitalismo. El sistema de explotación es el capitalismo, no sus herramientas. Si abordamos soluciones con inteligencia, creatividad y sin dogmas que conducen a fracasos por ataduras a teorías fracturadas por la historia, estaríamos en mejores condiciones de garantizar abundancia, diversidad, autarquía y alta calidad en la alimentación del cubano.